Atletismo que parecía un sueño


Isidoro Hornillos, exrecordman nacional de los 400 metros lisos y extraordinario amigo cuyo nombre está escrito con letras de oro en la historia del atletismo, me contaba ayer algo que no deja de darme vueltas en la cabeza: la sensación que le produjo ver ganar a Jordi Llopart la primera medalla lograda, en unos Juegos Olímpicos, por un atleta español. Era el año 1980. Y cuando Llopart entró en segunda posición en el estadio moscovita, haciéndose con la plata en los 50 kilómetros marcha, Hornillos tuvo exactamente la misma sensación que, cuando un año antes, en México y durante la disputa de la Universiada, vio batir al italiano Mennea la plusmarca universal de los 200 metros lisos. «Me invadió una sensación de absoluta irrealidad en ambos casos», dice Isidoro. Maravillosa palabra, esa, irrealidad. Fascinante. Jamás hay que renegar ni de los sueños ni de lo que parece haber nacido de ellos. A mí no me extraña que Isidoro viese esas gestas como si se tratase de una ficción. O, por decirlo mejor, de auténtica literatura. Aunque es cierto que Hornillos ya era uno de los mejores velocistas europeos cuando Mennea batió el récord mundial del doble hectómetro. De hecho, en la Universiada de México llegó a la penúltima ronda, corriendo la misma semifinal que Mennea. Como también es cierto que era uno de los mejores atletas hispanos que acudió un año más tarde a la Olimpiada moscovita, donde él, particularmente, abrigaba la esperanza de que Llopart, que ya había ganado un campeonato de Europa, lograse subir al podio. Pero Hornillos es, sobre todo, un hombre acostumbrado a mirar más allá de la evidencia. Y cuando fue testigo presencial de ambas gestas -cuando el récord mundial de Mennea y la plata olímpica de Llopart aparecieron ante sus ojos-, Isidoro experimentó la misma sensación que experimentamos cuando, al soñar, nos damos cuenta de que no estamos despiertos. He admirado mucho a Mennea, y más he admirado todavía a Llopart, estrellas -ambos deportistas- de los años heroicos del atletismo, cuando el rey de los deportes era poesía, y además una épica. Me apenó mucho, en su día, la muerte del velocista italiano. Y no saben hasta qué punto me ha entristecido ahora el fallecimiento de Llopart, que por cierto alguna vez estuvo en Ferrol y en Narón promocionando la marcha atlética. Menos mal que todavía nos quedan los recuerdos.

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