Esas voces que habitan la lejanía


Ignoro si a ustedes les sucederá lo mismo, pero lo que a mí más me cuesta recordar, de quienes habitan lo que nosotros llamamos muerte, es su voz. Hasta el punto de que ya ni siquiera soy capaz de recordar la voz de mi madre, cosa que a menudo me angustia y que me entristece profundamente. Es cierto que, de vez en cuando, por lo general en sueños, tengo la impresión de que casi puedo oírla de nuevo. Pero al final eso no sucede. Y la ilusión, para mi desgracia, acaba por desvanecerse. Sí recuerdo muy bien, sin embargo -a pesar de que han transcurrido 45 años ya desde su marcha-, su sonrisa. E incluso creo recordar un poco el calor de su piel, y cómo eran sus manos. De lo que me acuerdo muy bien, en cambio, es de la voz de la madre de mi madre, que se llamaba Carmen, igual que ella, y que era mi madrina, además de mi abuela. Y algunas veces, cuando la mirada de mi bisabuela -que se llamaba Carmen también, al igual que su hija y su nieta- regresa a mi memoria, hasta me parece recordar un poco sus palabras, que me llegan, en forma de canción o de rezo, a través de las brumas que envuelven el paso del tiempo. En cambio, no recuerdo la voz de mi bisabuelo, que se llamaba Cándido y que pasó una buena parte de su vida al otro lado del Atlántico, paleando carbón como fogonero en los vapores que cubrían la ruta entre Nueva York y La Habana. Pero sí recuerdo el ruido que, al caminar, hacían sus zuecas. Y de mi padrino Ramón, del padre de mi madre, que cocía pan, que era un magnífico contador de historias y que tenía un extraordinario sentido del humor, recuerdo cómo era su voz, sobre todo, cuando pronunciaba mi nombre; de hecho, a veces aún me parece -o quiero que me parezca- que me habla desde el otro lado del río. Por cierto: ahora que lo pienso, me estoy dando cuenta de que jamás llegué a contarle a mi amigo Pío, a Pío Caro-Baroja, autor de El cuaderno de la ausencia (memoria viva él de todos los suyos y de ese maravilloso mundo que tiene su epicentro en Itzea), que en casa de mis padrinos se tenían por rigurosamente ciertas todas las andanzas de Martín Zalacaín, el personaje creado por su tío-abuelo, Don Pío, que le dio el sobrenombre de El aventurero. ¡Y mira que hablamos de ese libro, él y yo, cuando visitamos, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la exposición de fotografías de Carlos Saura...! El tiempo es un corredor muy rápido.

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