Pues tal vez en el otro mundo


Ferrol

Son muchas las teorías sobre cómo será el otro mundo, pero a mí me parece que debe de ser bastante parecido a este. No quiero decir, por supuesto, y a ver si me explico, que al otro lado del río las cosas sean exactamente igual que aquí, claro que no. Pero tengo la impresión de que tampoco deben de ser muy diferentes. Aunque lo más probable -y eso sí lo reconozco- es que aquello no se asemeje tanto a lo que ven ahora nuestros ojos como a lo que vieron en el pasado. Será como si los relojes hubiesen decidido desandar sus propios pasos. De hecho, estoy bastante convencido de que en el otro mundo podremos volver, todas las veces que queramos, a las casas de nuestras abuelas, y de que ellas estarán allí, esperándonos. Como estoy convencido de que nuestra madre permanecerá eternamente a nuestro lado. Y también pienso que nos reencontraremos con los amigos que partieron antes que nosotros. Estarán allí todos, aguardándonos. Así que tomaremos café con ellos, y podremos conversar cuanto deseemos, alrededor de una mesa de mármol blanco en la que a lo mejor hasta hay unas copitas de guinda, sobre los temas más diversos (los viajes a la Luna, el récord del mundo de salto de longitud logrado en México por Bob Beamon, los globos aerostáticos, la Revolución Francesa, las pirámides de Egipto, el Ferrol del Siglo de las Luces, las palomas mensajeras, los trenes de juguete, las Leicas, los osos de las montañas...) sin que el tiempo se acabe. De allí nadie tendrá que marchar jamás. Todos sabremos que, por fin, nuestro viaje ha terminado. Si me permiten la confidencia, yo, en cuanto llegue, iré a abrazar a todos los de mi familia: tanto a los que están en mi recuerdo cada día como a los que solo conocí por lo que me decían de ellos o a través de sus fotos. E inmediatamente después tengo la intención de ir a pedirle a Carlos Casares que me cuente de nuevo, con todo detalle, cómo fue aquello del Premio Nobel de Literatura que Torrente Ballester tuvo bastante más cerca de lo que por lo general se cree. Y puede que también le pida que me hable de su señor tío el cura, que si la memoria no me falla -no me hagan demasiado caso- sucedió al frente de la parroquia de Beiro nada menos que a Basilio Álvarez. Pero, sobre todo, ojalá podamos ver a Dios, que seguramente será un señor de larga barba blanca. Me gustaría mucho poder darle la mano.

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