Inoculados en el Hospital de Marina


Ferrol

os últimos resultados del CIS muestran que el 40 % de los encuestados no son partidarios de vacunarse contra el covid-19. El dato es cuanto menos sorprendente y merecedor de seguimiento los próximos meses. Aunque pensándolo bien no parece que sea nada nuevo en esta España poco dada a la innovación y los avances científicos.

Y es que esto sucede ahora con las vacunas, pero ya había sucedido antes con las técnicas de inoculación. La práctica inoculatoria en nuestro país generó un debate de más de treinta años y obtuvo el consentimiento legal para su uso con medio siglo de retraso en comparación con Inglaterra y Francia. Pero afortunadamente los dictámenes de las reales academias fueron por un lado y algunos grandes precursores continuaron (jugándose la reputación y el pellejo) avanzando por el camino de la ciencia y la investigación.

Este fue el caso de Timoteo O’Scanlan, irlandés nacido en 1726, formado como médico en París y alistado en el regimiento de Hibernia del ejército español en 1756. El médico O’Scanlan era conocedor del método de la inoculación y se convirtió en uno de sus más firmes defensores, algo a lo que contribuyó decisivamente su destino en Ferrol. En 1763 figura en su expediente la anotación de doctor en Medicina, primer médico del Hospital Real y protomédico del Departamento de Marina de Ferrol.

Y fue aquí donde profundizó en los estudios sobre la inoculación como técnica eficaz contra la viruela y donde se convenció de que «llegará, pues, tiempo que la España, siguiendo el ejemplo de La Inglaterra, La Francia y La Rusia, adopte sin recelo esta utilísima operación». La seguridad del doctor O’Scanlan tenía además fundamento empírico. En 1771 se decidió a inocular en Ferrol a «ciento y cincuenta criaturas, conmovido del estrago general que les causaban las viruelas naturales y viendo que ninguno de los remedios que ordinariamente se usan alcanzaba a contener el curso de aquel fatal contagio». Esto lo escribió en su libro Práctica moderna de la inoculación (1784), que junto a su Ensayo apologético de la inoculación de 1792, formarían dos de los textos básicos para que, finalmente y ya en 1798, se publicara una real cédula aprobando esta técnica predecesora de la vacuna.

Timoteo O’Scanlan murió en 1800 y no alcanzó a saber de los grandes avances de la vacuna de Jenner ni ver partir la Expedición Filantrópica del doctor Balmis del puerto de La Coruña en 1803. Las ciento cincuenta criaturas inoculadas en Ferrol contra la viruela deberían ser recordadas como los veinticinco niños que llevaron en sus cuerpos la vacuna a los territorios de ultramar. Y su extraordinario papel en la historia de la medicina, también.

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