Fragancias


Allí donde entronca la carretera de Marnela con el viejo camino que, por Talieiro y A Ramalleira, bordea el carrizal de Pantín y alivia las serventías de los predios que ciñen el humedal, florece un exuberante hinojal silvestre. Ningún caminante deja de advertirlo, por la dulce e intensa fragancia anisada que satura el aire. Es una planta generosa que, parafraseando a Tagore, perfuma la mano que la hiere, lo que no deja de ser un modo de elevar a lírica la evangélica expresión de Mateo de ofrecer la otra mejilla. El caso es que, como la naturaleza tiene tan ajustados sus mecanismos -a costa de los incontables millones de intentos fallidos y no obra de un arquitecto al que no se le escapó detalle; gracias, Darwin-, cuando las semillas de nuestro fiúncho engrosan es señal infalible de que el peso de los erizos vence la resistencia de los castaños. Es bien sabido que las semillas del hinojo, de saludable efecto carminativo, mitigan las flatulencias que provoca una ingesta abundante de ese manjar del bosque que son las castañas. Razón por la que hice modesto acopio de unos ramilletes para su secado, a la espera de saborear la primera recolección en algún remoto castañar. (Más que el heno de la dehesa, que también, me delata la pulsión paleolítica). En fin, un aroma, este, en las antípodas de otro que impregna el entorno del inmediato estacionamiento de las autocaravanas (o el utilizado como tal), con notas ácidas en su dulzor y precedido de la visión de papeles tisú por aquí y por allá, como albas y pestilentes amapolas marchitas con el pie bien abonado ¿Cuándo Ayuntamiento o Costas disuadirán a los caravanistas de cagar en el monte (y dejárnoslo ahí)?

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