Sosiego


Las palabras son como el agua. Tal vez, incluso más antiguas que el agua si consideramos que nada existe si no se nombra, si nada es hasta que se denomina. Cuando el agua se desliza bajo el sol sobre los cantos del lecho del río, en una dúctil lámina delgada, se fractura en miles de destellos, ametralla con estrellas de luz, espejea brillos de cristales. Cada chispazo es una palabra del lenguaje del río.

Y cuando un cielorraso de nubes mata el fulgor, esa misma agua, sombreada, silabea palabras quedas, con reflejos de azogue y plomo recién raspado; con sobreentendidos, con silencios persuasivos. Es cuando el río ensaya un diálogo cómplice, cuando aprovecha la soledad del contertulio y honra su petición de compañía. El río construye un discurso inagotable e inédito, irrepetible. A veces, es cierto, son palabras viejas pero centellean como nuevas, porque las palabras no se gastan: cuando las creemos ya agotadas y ajadas, recuperan el vigor cambiando el lugar en la oración: como un bargueño vintage en una cámara de diseño bauhaus. Reviven el bruñido y chispean en el nuevo contexto: los vocablos que las escoltan las aúpan y esencializan: las rescatan y las acogen. El río habla. No hay más que observarlo para sentir su parloteo. Sé que no basta con escucharlo para entenderlo, es insuficiente la mera proximidad, pero, con todo, no parece aventurado conjeturar que la musicalidad del habla del río no sea otra cosa que expresión de sosiego y equilibrio telúricos. Tal vez la frivolidad sea un obstáculo para la comunión con la sabiduría milenaria que bulle en las aguas de los ríos y nos impida desentrañar sus códigos. Desvelar el sentido último de sus palabras.

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