«Sin la música me siento incompleta»

En los años 90 grabó un disco de pop y actuó en el Vicente Calderón. Casi treinta años después, da rienda suelta a su vocación musical a través de los cuencos y los gongs


ferrol / la voz

A Ana Pérez-Lago muchos la conocen por su trabajo como directora de Equiocio y relaciones públicas de Gadisa, pero no tantos saben que esta FTV (ferrolana de toda la vida) es una experta en sonoterapia, o lo que es lo mismo, en el uso de cuencos tibetanos, gongs y tingshas para aliviar el estrés y las tensiones cotidianas de la vida. «A través del sonido y las vibraciones, los cuencos te ayudan a calmar la mente», explica Ana, quien desde hace ya varios años ofrece sesiones de esta terapia alternativa en el centro Navitas de A Coruña y próximamente sacará un disco de música fusión junto al percusionista africano Ibou Ndiaye.

Pero para contar bien esta historia primero hay que mirar hacia el pasado, porque el interés de Ana por los gongs y los cuencos no es algo que surgiese de la nada, sino que viene de una vocación musical que nació en su niñez. «Sin la música me siento incompleta, porque yo siempre he vivido muy pegada a ella gracias a mi padre, que ya me cantaba incluso antes de nacer, estando en la barriga de mi madre. A mis hermanos y a mí nos despertaba con boleros y fue él quien me enseñó a tocar la guitarra», cuenta sin ocultar su admiración por el que fuera cantante y guitarrista del exitoso trío Los Zafiros, Quico Pérez-Lago.

Ana cuenta que con cuatro años empezó a tocar la guitarra; a los once se puso a estudiar piano; a los dieciséis entró en el ballet Rey de Viana como pianista; y más tarde ejerció como profesora de música en la escuela de danza Rond de Jambe, primero con su hermana Pauloska en Ferrol y más tarde con su hermana Cristina en Viveiro, donde también acompañaba a las bailarinas con sus teclas. Pero el bombazo llegó más tarde. «En el año 1992 grabé un disco llamado Despierta con Fernando Arbex, integrante de Los Brincos, y en agosto de 1993 me vi actuando en el Vicente Calderón junto a Rocío Jurado, Bertín Osborne y la Orquesta Mondragón. Para mí aquello fue impactante. Seguí cantando durante algún tiempo, pero mis hijas eran pequeñas, y cuando me ofrecieron grabar un segundo disco, dije que no, porque sentí que ellas me necesitaban y para mí la familia siempre ha sido lo primero», rememora.

Un cambio interior

Tras bajarse de los escenarios, Ana se volcó en la organización de Equiocio, el cuidado de sus hijas y la organización de otros eventos, hasta que un buen día, hace unos doce años, algo en su interior empezó a cambiar. «De repente me vi con más tiempo para ocuparme de mí misma, porque mis hijas ya estaban haciendo la carrera, y me asaltó una pregunta: ¿Quién soy yo y a dónde voy?», apunta Ana. En ese camino de búsqueda interior, dos amigos le hablaron de Jacomina Kistemaker, una psicóloga holandesa especializada en sonoterapia, y ella no dudó en ir a conocerla a su centro Punta de Couso, en las Rías Baixas. «Para mí, conocer a esta mujer fue algo revelador, porque con ella aprendí y descubrí esta nueva dimensión terapéutica del sonido y de su mano también empecé a colaborar con la oenegé Nitrata Nepal», cuenta Ana, que ya ha viajado en más de una ocasión al país de los sherpas y las cumbres más altas del mundo. «La primera vez fue justo después del terremoto del año 2015 y para mí fue tremendo, porque me encontré con muchas familias que se habían quedado sin trabajo, sin casa... Sin absolutamente nada», rememora.

Todo ese aprendizaje le llevó a abrir el centro Navitas -donde ahora enseña a otros a «encontrar la calma» a través de la riqueza armónica y las vibraciones de los cuencos y los gongs-, pero también provocó un profundo cambio en su interior. «Antes vivía de forma más frenética y a veces era demasiado dura y exigente conmigo misma y con los demás, mientras que ahora me detengo más en la observación y escucho más que propongo», reflexiona en voz alta Ana, que también se ha convertido al vegetarianismo.

A sus 56 años, esta mujer todoterreno sigue desbordando la misma energía que cuando rondaba los veinte. Entusiasmada, confiesa que podría pasarse horas y horas hablando de las virtudes de la sonoterapia, pero el tiempo apremia, así que Ana opta por despedirse con una tentadora proposición: «Tienes que venir a probar una sesión, porque esto no se puede explicar con palabras. Hay que vivirlo».

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