Mantener la esencia


Continuará decía mi anterior bitácora. Y continúa… Para explicar mi postura en relación con las Pepitas quiero confesarles (y lo hago venciendo el pudor que me produce revelarlo) que no pude cumplir un sueño nacido en mi adolescencia: que algún día una rondalla se parase «bajo mi balcón» o me nombrase su madrina. No fue así y ese tiempo ya pasó. Y el sueño mutó en disfrute, aún más intenso y generoso, de un espectáculo singular, transparente en su significado, con una puesta en escena que envuelve a quien lo vive, porque llena la ciudad de punteos y canciones, que configuran un paisaje musical enmarcado en un pentagrama con rostro de mujer. La esencia de las Pepitas es homenajear a la mujer ferrolana. Y hay que decirlo sin rodeos. Porque nada tiene de discriminación ni de anacronismo ni, mucho menos, de machismo, sustantivo recurrente cuando no hay argumentos. El pueblo se encarga de plebiscitar su vigencia con su presencia y un entusiasmo incontestable. Y no hay que confundir Las Pepitas con el todo. Las rondallas y las agrupaciones, abiertas a las mujeres como tiene que ser, protagonizan muchas otras celebraciones. La historia avala que cuando se canta siempre hay algo o alguien que inspira la canción. En Las Pepitas es la mujer ferrolana, por eso es: madrina, imagen y corazón de esa fiesta. El intento de introducir cualquier gesto susceptible de ser entendido como provocación (como desvirtuar la figura de la madrina o instrumentalizar ciertas presencias) perturba el clima de concordia de una celebración sin otro riesgo que el de embriagarnos de… Alegría.

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