El maleficio


Unas imágenes que nunca faltan en los documentales de relleno en la parrilla televisiva sobre la II Guerra Mundial -cuanto más rancios, más perfumados con desvergonzada propaganda norteamericana- captan la impotencia de las divisiones Panzer ante el lodo cuando Guderian avanzaba hacia Moscú. Son secuencias para las que los archiveros suelen desempolvar conceptos como rasputitsa, para explicar la persistencia del terreno embarrado, o pie de trinchera, para dramatizar las penurias de los soldados. El caso es que la contemplación de los esfuerzos sobrehumanos de la Wermacht por salir del fango, los vehículos, de ruedas o cadenas, hundidos en el cieno, los hombres extenuados, las modernas máquinas averiadas, la épica de los esfuerzos inútiles, la fanática determinación de una jerarquía enajenada… me recuerdan, qué le voy a hacer, la política municipal ferrolana. Pareciera que todas las empresas que acomete el concello, que no dudo se emprenden con ahínco e inteligencia, embazan en un magma burocrático invisible, inexplicable e inevitable, viscoso e infranqueable. Para avanzar en un proyecto aparentemente sencillo, se suceden los trámites hasta ridiculizar a Kafka en sus elucubraciones procesales.

Es, mantengo esa convicción por haber vivido en otras ciudades, un fenómeno que adquiere entre nosotros características de endemismo. Algo sobrenatural o mágico obra aquí el maleficio de dilatar los plazos así se trate de asfaltar una calle, instalar un alumbrado, inaugurar un centro social, sacar adelante un acuerdo plenario, abrir un aparcamiento en un baldío... No un día ni un mes. Hay asuntos que hibernan desde hace decenios. Y ahí siguen tan frescos.

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