El secreto


La llamada telúrica y ancestral del otoño despierta la pulsión paleolítica de la recolección: la convocatoria estacional avienta sobre los campos decenas de individuos, que, armados de un cesto, un bastón y una navaja, huronean entre los hierbajos, los helechos marchitos y la pinacha, escudriñando cada mata para procurarse unas setas. Dicen quienes saben y tienen experiencia añeja que esta temporada está siendo fecunda. Y les creo, desde mis flacos conocimientos del enigmático reino fungi. Mi escasa ambición se colma con media docena de tipos de hongos, frecuentes en cualquier bosquete, praderío o monte bajo de Ferrolterra. Así, me bailan mariposas en el estómago si ratifico mi sospecha ante una turgencia bajo el césped y desvelo la robustez de un boletus edulis pugnando por asomar; me maravilla la esbelta arquitectura de las macrolepiotas, me deslumbran los encendidos tonos anaranjados de los níscalos y me pasma la sutil fugacidad de los coprinos. No necesito más. Bueno, a veces surge una propina para el entretenimiento banal: no puedo contener las cosquillas del regodeo cuando me cruzo con una variedad de aficionado que finge cándida ignorancia, como si los soberbios lactarios sanguifluus que encesta le cayesen de un fresno y él lo que recolectaba fuesen chufas. Bendita serendipia. Se establece, entonces, en el diálogo de besugos consiguiente, un intercambio de observaciones meteorológicas muy juiciosas. Porque fuera de los lugares comunes (esta vez sí en sentido laso) como A Capelada, O Forgoselo, Meirás, As Cabazas.., parece tabú compartir dónde mana la fuente de nuestro gozo micológico. Yo, por si acaso, guardo el secreto. Temo la excomunión.

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