Entre ilustres fantasmas


Es esta una de las convocatorias literarias a las que acudo con

más satisfacción. Se trata de la reunión anual de ACAMFE

(Asociación de Casas Museo y Fundaciones de Escritores) a la que llevo asistiendo hace años. En esta ocasión se celebraba en Salamanca, por lo que el interés por ir era doble: esta ciudad, por sí sola, es un espectáculo, un museo al aire libre y un libro abierto de la historia de España. Estoy escribiendo estas líneas en el Colegio Arzobispo Fonseca, donde estamos todos hospedados, un espléndido ejemplar de la arquitectura del Renacimiento, y por la ventana estoy viendo las torres de las dos catedrales que le prestan su silueta enorme a la tarde soleada del otoño salmantino. Todo tiene un aire solemne y nostálgico, que se prolonga en el trato entre nosotros en cuestiones de trabajo, pues aquí para nuestra mejor identificación somos Unamuno, Lorca, Antonio Machado, Delibes, Galdós… Yo, en este sentido, me siento un privilegiado, pues atiendo por Valle-Inclán (ahí es nada), a cuya Fundación estoy aquí representando. Lo que más me gusta de estos encuentros (este es el 26º) es que compartes unas jornadas, desde la mañana a la noche, con gente especializada en la obra del escritor que da el nombre a esa Fundación o Casa-museo. Por lo tanto, uno vuelve a su casa sabiendo mucho más de cada uno de ellos, y sin ningún esfuerzo, hablando sencillamente con el especialista de turno con el que comes, cenas o tomas un café. La forma más cómoda de aprender, con conversaciones gratas tanto para el que explica como para el que escucha. Yo me imagino que cuando los señores del Ibex-35 hacen sus reuniones de negocios y cuadran sus números y sus dividendos, tendrán ya muy poco que decirse porque lo único que tienen en común es el negocio. Aquí no, tenemos tantas cosas en común y que pertenecen al orden sano del arte y de la literatura, que no nos llega el tiempo para lo mucho que hay que hablar. Una suerte, sin duda. Este año estoy especialmente interesado en Antonio Machado. Se cumple el 80 aniversario de su muerte y hay varios representantes de Fundaciones y casas museo en este congreso, que llevan su nombre. Porque a Machado lo quieren en todas partes. Nada menos que siete ciudades tratan de guardar el recuerdo del poeta y conservar parte de su legado literario. Son las ciudades en las que vivió (Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia, Rocafort) y Collioure, donde murió y donde sigue enterrado. Y la gran aceptación que tiene Antonio Machado se debe a varias causas que, para mí, son admirables. Algunas de ellas, un ejemplo para los españoles de hoy. La primera, que es un enorme poeta. Pero, también, que fue un hombre honrado, honesto y coherente. Vivió siempre de forma modesta, «ligero de equipaje, como los hombres de la mar», tal como decían sus versos. Se sentía pueblo entre el pueblo. Su casa-museo de Segovia empezó siendo la habitación de la modesta pensión en la que vivió 13 años. El Ayuntamiento tuvo que comprar la casa entera, también muy humilde, para poder dedicarla al museo machadiano actual. Machado hablaba de las dos Españas, pero él quiso ser el poeta de todos los españoles. Antes de otra cosa, era un ciudadano que creía en la democracia. Y fue coherente hasta el final con esa creencia. «Defiendo a la República porque salió de la voluntad del pueblo. Si no fuese así, no lo haría», dejó escrito antes de tener que marchar al exilio. Un ejemplo que conviene recordar.

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