¿Sabías que hubo barcos que eran auténticas esculturas?

Aplicar decoración escultórica a un buque es una tendencia muy antigua ya registrada desde Egipto y los lugares más comunes para ubicarlas son la proa y la popa


Ferrol

Cuando pensamos hoy en día en un barco, cualquiera que sea su naturaleza, lo primero que nos viene a la cabeza, es una sobria y funcional estructura, de acabado totalmente liso y cromatismo austero. Pero esta economía en el diseño no siempre ha sido una característica de la construcción naval, máxime si los barcos estaban destinados a que en ellos embarcara de manera habitual un miembro de alto estatus social. En ese caso, y como ocurría con el resto de la parafernalia asociada al poder, la embarcación servía de nueva oportunidad propagandística para mostrar la autoridad política, social y/o económica.

Respecto a la acción de engalanar las embarcaciones, se debe diferenciar entre los elementos de artes aplicadas que embellecían los interiores y aquellos que formaban parte integrante de la estructura del barco y por tanto eran indivisibles, haciendo del diseño del buque un reto si cabe aún mayor para el arquitecto naval del astillero.

Aplicar decoración escultórica a un barco es una tendencia muy antigua ya registrada desde Egipto. Los lugares más comunes de localización escultórica son la proa y la popa. Dentro de la primera, solían alojarse esculturas más o menos desarrolladas siendo los mascarones o figurones de proa los más comunes. Representaban desde relieves heráldicos hasta formas tridimensionales, inspiradas en la figura humana o en el reino animal. Grupos escultóricos más complejos solían aparecer en barcos de carácter conmemorativo, como sucedía con el famoso bucintoro de la república veneciana. Esta embarcación de gala servía para conmemorar el Día de la Ascensión y la unión de Venecia con el mar, siendo construida la última en el siglo XVIII.

Otra embarcación con una proa muy desarrollada es la falúa de Carlos IV que se conserva en el Museo de Falúas Reales de Aranjuez. La popa era otro espacio privilegiado para la escultura. Los fanales, faroles insignia de algunos buques, aparte de aportar iluminación destacaban por su abigarrado ornamento, con múltiples relieves de inspiración clásica. Uno de los más célebres, es el fanal de la galera «La Loba» del siglo XVI, perteneciente a D. Álvaro de Bazán. De esta época, otras embarcaciones contenían un conjunto completo de imágenes narrativas, como ocurre en la galera de Don Juan de Austria. En este navío, las esculturas y pinturas se mueven en torno a la alegoría de la virtud, según el programa de Juan de Mal Lara. Otra potente decoración en popa la encontramos en el navío sueco «Vasa», del siglo XVII, donde se representan casi mil esculturas en torno a la figura del monarca Gustavo II y su familia. Con estos breves ejemplos se ha querido ilustrar, que el barco a parte de por su marcada funcionalidad, puede ser utilizado como un soporte más al servicio de la legitimación del poder del momento, cualquiera que sea su origen.

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