Pescadores y surfistas

No está claro que ese pescador «no podía estar ahí pescando cuando nosotros estábamos muy cera cogiendo olas»


Pues no. No está claro que ese pescador «no podía estar ahí pescando cuando nosotros estábamos muy cera cogiendo olas», como asegura el surfista que, en un infortunado accidente, sufrió la herida del anzuelo de un aficionado que pescaba desde las rocas en O Baleo (Valdoviño) hace unos días. Tal vez habría que invertir el sentido de la oración: «Está claro que no podíamos estar cogiendo olas muy cerca de donde él estaba pescando». Supongamos, cautelarmente al menos, que el asunto es discutible.

El derecho al uso por los ciudadanos de un bien público, y el mar lo es, lo regula la Administración: quién, cómo, cuándo, cuánto, de qué modo, durante cuánto tiempo, etcétera son algunos aspectos que delimitan las disposiciones legales, aunque luego queden en papel mojado (los perros en las playas, la higiene corporal en las duchas de los arenales, el vaciado de aguas negras de autocaravanas en los montes, el uso de los alrededores de los aparcamientos como váteres públicos, etcétera, sin ir más lejos). En algunos casos, ese uso del bien público está gravado con una tasa: mediante un pago previo se accede al ejercicio del derecho de uso de ese bien público, y el mar lo es. Es el caso del pescador que estaba pescando, presumiendo que habría tramitado la correspondiente licencia y esta estaba en vigor.

Es competencia también de la Administración regular el conflicto de intereses que puedan surgir en el uso de ese bien público: un ayuntamiento en sus cabales no habría autorizado el uso de su única pista deportiva simultáneamente para un partido de baloncesto, uno de balonmano, otro de voleibol y una fiesta infantil, aun cuando baloncestistas, balonmanistas, voleibolistas e infantes reclamen su derecho al uso de aquel bien público.

A diferencia de la pesca fluvial, donde la ley establece con carácter general que en los cotos de pesca están prohibidos el baño y la navegación, hasta donde alcanza mi ignorancia al menos, en el uso de las aguas litorales no está priorizado el derecho de quien abona una tasa por hacerlo, el pescador, y el de quien disfruta de ellas libremente, el surfista. (Conjeturo que en la duda o indefinición se aplica la analogía, solo lo intuyo).

Estas inevitables colisiones de intereses se vienen resolviendo, cortesía mediante, con buena voluntad, lo que no excluye algún lamentable incidente como el de O Baleo. En todo caso, como parte involucrada en este asunto, siquiera sea de modo retórico y amateur, que se decía antes, doy fe, en este caso como víctima, de haber sido expulsado por surfistas de mi lugar de pesca en alguna playa a pesar de haber llegado mucho antes que ellos: desalojado por avasallamiento de abusón de patio de colegio. Eso sí: dispongo de licencia de pesca en superficie en vigor.

Por eso, no estoy tan seguro como el surfista accidentado de que ese pescador no podía estar ahí pescando. Eso sí, de haberme ocurrido a mí, sí estoy seguro de que me habría quedado para interesarme por el estado del surfista y ofrecerle mis excusas por un incidente supongo que involuntario. Eso sí que está claro.

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