La estela


Como la persistencia del sabor del vinagre en un escabeche cargadito de bombo, una estela que traspasa los bocados posteriores y se resiste a evanescerse, algunas ideas arraigan con solidez en un tiempo y una sociedad de axiología delicuescente, permítaseme la cursilería. Algunas instituciones soportan mal la prueba del algodón histórico, como le sucede al Tribunal Supremo frente al espejo del franquismo, ese cataclismo de inacabable estela. No es novedad. Ni siquiera propio de españoles y mucho españoles. De entre la ingente obra literaria publicada al respecto del posnazismo, repentizo Regreso a Berlín, de Verna Carleton, y El lector, de Bernhard Schlink, dos visiones de la atormentada y conflictiva convivencia con la vergüenza y la culpa de un pasado ominoso y la lucha soterrada y a veces inconfesable por la salvación de algunos retazos aislados del naufragio moral, como rastro de un régimen vesánico. El paralelismo hispano-alemán se extiende al hecho de que las adherencias de ese pasado infame pero oculto tras la máscara de la dignidad son perceptibles en honorables instituciones públicas. Y en esta pervivencia tenaz de las huellas, en esta obcecación por negarse a pasar página, también quedan rendijas para el optimismo, para la lozana humorada, para la ucronía imaginativa y optimista, para el ejercicio de la aguerrida y bizarra reclamación de lo que pudo haber sido pero no fue: he ahí la vigorosa reacción del movimiento vecinal ferrolano que exige con indubitable determinación la remunicipalización de los servicios públicos para reprobar la gestión de Jorge Suárez en la alcaldía. A moro muerto, gran lanzada. Pero que no decaiga la fiesta.

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