El párking


El acto de leer guarda concomitancias con el de copular: no bien ha pasado el atracón, chispea de nuevo el deseo en las arrugas del cerebro. En ambos casos se trata de un proceso íntimo y profundamente misterioso, insondable y perturbador, pero, además de mágico, también táctil. Recurro al Arte de la guerra de Sunzi, y, al sostenerlo en mis manos, experimento el placer -la gozada, diría Karlos Arguiñano enalteciendo un civet de lamprea- que solo alcanzan a proporcionar algunos libros. Este que palpo es un ejemplar de la edición de Laureano Ramírez Bellerín (La Esfera de los Libros, 2006), tal vez una de las más solventes y contextualizadas de la clásica obra, y, sin duda, un prodigio de delicada sensibilidad y cuidado de miniaturista. No encontré lo que rastreaba para presumir de cita, porca memoria, y la pereza desbarató la pesquisa en Gracián o aun en Maquiavelo por no hablar de Clausewitz. Y por la pendiente de la vagancia me deslicé hacia el refranero popular, magnífico bazar para los holgazanes, y me quedé con el pedestre «Consejos vendo que para mi no tengo». Pretendía ilustrar con alguna fina referencia de autoridad, conferirle cierta seriedad, al menos, la postura de la oposición respecto de la demolición del aparcamiento subterráneo de la plaza de Armas. Porque, tal como lo presentan, no oculta otra cosa más que la inquietud o canguelo ante la posibilidad de que la obra se ejecute bien. No vaya a ser que, a pesar del bloqueo indiscriminado e irresponsable que perpetran a la acción municipal, el exiguo gobierno local saque adelante una empresa que otros con holgadas mayorías fueron incapaces de salvar. Hasta ahí podíamos llegar. Eso sí que no.

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