De carbón y nieve


Ferrol

A los planes de lecturas del verano les sucede lo que a los proyectos para la jubilación: abarcamos mucho. Y si el librófago propende al desorden, ni les cuento. El caso es que retrasé con indolencia el abordaje de De carbón y nieve, de mi amigo y colega de esta columna Eduardo Fra -editado por otro conocido, Valentín Carrera, de cuando los plumillas meritorios soñábamos que el mundo encomendaría a los periodistas el fatigoso reto de desfacer entuertos, qué tiempos-. Con el pretexto de contarnos una historia de amor -es este sentimiento el redentor último-, Fra nos refresca la memoria con una estampa en sepia del final del franquismo desde la mirada de la pequeña burguesía provinciana. Es una visión más benévola que complaciente, fruto de la sabiduría, que no necesita ajustar cuentas con el pasado, de la vida en una villa del Bierzo natal del autor en el último tercio del último siglo. Y es la cosmogonía de esta tierra fronteriza, que, de distinta manera, está presente en Llamazares, Díez y aún en el primer Benet, la que palpita en la obra del profesor de historia también ferrolano. De hechuras y arquitectura novelísticas clásicas, De carbón y nieve se asienta sobre un evocador y rico soporte verbal de eufonía berciana. Con él da preeminencia a la trama, a las peripecias y tribulaciones del personaje axial -Puri Silva, arquetipo de joven montañesa resuelta a defender su dignidad-, contada de modo lineal y narrador omnisciente, sobre eventuales aventuras de técnicas narrativas. La fluidez y sonoridad del lenguaje incentiva el interés del lector por seguir la accidentada historia de la heroína. Una novela para disfrutar. En verano, o no.

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