Los supervivientes de Recimil

Los propietarios de los escasos establecimientos que quedan se sienten desamparados. «Haille que preguntar ao alcalde se sabe como está isto», dice el dueño de un bar


Ferrol

En un bajo de la calle Mugardos, una tienda de alimentación puede valer de ejemplo para el estado económico del barrio. Allí, cuatro rollos de papel de cocina y una caja de detergente llevan varios años tomando el sol en el escaparate. La verja, oxidada, lleva el mismo tiempo sin subirse. Como la de tantos otros negocios que fueron desapareciendo. Los que quedan, los supervivientes, dejan claro que nada es como antes. Y que cada vez se sienten más desamparados por el Concello. Por la inseguridad, sobre todo, y por encarecimiento de las facturas, también.

«Antes éramos una familia, pero la conflictividad que nos rodea lo está estropeando todo. El ambiente es muy heavy, ese es el comentario general de cada día entre los clientes», afirma resignada Rosina Rubio, que lleva sus 54 años en la confitería Gascón. Está a caballo entre la carretera de Castilla y las casas baratas, pero lo que ocurre en el barrio le toca de lleno. No hace tanto que tuvo que poner un pestillo en la puerta. Lo pasa cuando se encuentra con una discusión en la puerta, algo que ya ocurrió alguna vez. «Nunca viví aquí, pero pasé más horas que en mi casa y esto ha ido a peor», añade.

Unos metros más adelante de esa esquina con la calle Euzkadi se encuentra Bríos, un «multiusos textil», tal y como lo define la dueña, Reme Bujía. Suma 42 años ahí y pronto se jubilará porque las ventas «bajaron muchísimo». Y eso que mantiene a su clientela fiel. «Es que ella vale», le dice Maricarmen, e incluso hace emocionarse a la propietaria. Le vende unos pantalones para su madre. «Cuando no le sirven, me devuelve el dinero», asegura. Lo de fiar, entre vecinos que se conocen de toda la vida, se estila mucho en Recimil. 

«Está todo fatal, non hai vida»

El miedo está en el clima y los comerciantes creen que ese es el principal problema. «Me entraron muchas veces a robar y al final acabo perdiendo más dinero de ir a tanto juicio», expresa un propietario. En la zona apenas quedan bares. Uno de los pocos, sin tener en cuenta el mercado, es el de Andrés Vázquez, que lleva más de tres décadas. «Haille que preguntar ao alcalde se sabe como está isto», comenta, y su mujer, María, resume que «está todo fatal, non hai vida». Es una taberna de las de siempre, en la que los dueños llaman a sus clientes por su nombre. «É un orgullo seguir vindo aquí. Non poñen pinchos, poñen pinchazos», subraya Antonio Rodríguez, un cliente que se desplaza desde Castro (Narón).

Pared con pared con este bar trabaja José Manuel Romero, que cuenta con dos locales unidos. Ya son 35 años los que suma ahí, en su ferretería Carballeira. «Esto no es lo de antes», dice. Llegó a tener cinco empleados, algunos de los cuales se dedicaban a repartir ladrillos o arena. La crisis de la construcción desaceleró su negocio, a lo que ahora se añade el mal estado de Recimil. A la una de la tarde apenas lleva 18 euros recaudados. «A mí los vecinos nunca me han dado la lata porque me tienen respeto, pero es cierto que esto está abandonado por el Ayuntamiento», agrega. No entiende, por ejemplo, pagar 100 euros de agua al mes.

En una zona más complicada del barrio, aunque por la parte de la calle Ramón y Cajal, se mantiene la librería El Pilar. Andrea Saavedra, hermana de la dueña, explica que su clientela proviene sobre todo del CIFP Ferrolterra, que está enfrente. No obstante, justo entra una vecina de las «10 o 15» que suelen ir. Se lleva la compra y al coste le añade lo que le debía de otro día. Otro negocio que fía. «Son buena gente, nunca tenemos ningún problema», señala. A un paso, un bar y ultramarinos de toda la vida también tiene la verja bajada. Y más que bajarán. Aunque haya supervivientes, cada vez hay menos.

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