Estudio y vocación


Por los informes que emite cada año la Xunta, sabemos que los estudios de las carreras de Letras, en las tres Universidades gallegas, cada vez tienen menos alumnos. De unos años para aquí han arraigado en la sociedad unos argumentos falsos con apariencia de verdad (sofismas, le llamaban los griegos), que todos estamos dando por buenos. Tampoco ayudó nada haber tenido un ministro como el señor Wert que, sin ningún reparo, proclamaba que nuestros universitarios no debían pensar tanto en lo que les gustaría estudiar, sino en las necesidades de la sociedad y en la posible «empleabilidad» al terminar los estudios. Parece que hay que dejar a un lado las aptitudes que se tengan para unos estudios concretos, o la incipiente vocación por una opción determinada, pues hay que estudiar algo que garantice un empleo al final de la carrera. Este planteamiento, aunque globalmente pudiera justificarse, tiene que tener una gran flexibilidad, porque, entre otros males, viene a suponer un peligro mortal para los estudios humanísticos y artísticos, como de hecho ya está sucediendo. Como las «necesidades del mercado» no requieren gente formada en estas materias, los alumnos empiezan a darles la espalda.

Hoy se está llegando a tal grado de pragmatismo mal entendido, que, por ejemplo, la afluencia de alumnos a las Facultades de Filología inglesa se debe mucho antes al interés de aquellos por dominar el inglés, que al afán de conocer y estudiar la cultura inglesa, su historia y su brillante literatura. Porque lo que quieren es llegar a secretarios de dirección de una gran multinacional antes que a ser traductores de una editorial o profesores de instituto. Por lo mismo, la media docena de valientes que quieran estudiar griego o latín, o el pensamiento de Heidegger o la pintura de los impresionistas, se convertirán en tipos sospechosos o indeseables para nuestros dirigentes políticos y académicos. Hasta aquí hemos llegado. Justamente al extremo opuesto de lo que ocurría en Grecia y en Roma, en el Renacimiento y en la Ilustración: en aquellas sociedades eran los filósofos, los profesores, los artistas y los hombres de Letras los que gozaban de mayor prestigio y reputación. Pero aquí esto importa cada vez menos: la formación artística y humanística está marginada ya desde la escuela. En un informe actual de La Caixa podemos constatar que un 47 % de jóvenes españoles con estudios básicos no acuden nunca a ningún espectáculo cultural (conciertos de música clásica, teatro, ópera) ni a lugares de relevancia cultural (museos o monumentos). Y algo parecido pasa con el cine. A estos jóvenes nadie les ha explicado nunca la importancia de las distintas artes en la formación integral de la persona.

Y hay algo que se debiera tener muy en cuenta: la relación entre la Universidad y la sociedad debe darse en un sentido doble, de ida y vuelta. La primera debe proporcionar a la sociedad los profesionales que necesita, pero esta debe proteger y promocionar la formación de «todos» los estudiantes, también la de aquellos que tengan una difícil inserción en el mundo laboral. Porque una cosa es la preparación académica y otra el desempleo. Además, en estos momentos, ¿qué carreras universitarias garantizan un empleo digno en España? Quizá sí en Alemania, pero no debemos estar por la labor de que nuestros jóvenes se tengan que marchar de su país a buscarse la vida fuera.

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