Flores silvestres


El martes, día en el que Torrente Ballester habría estado de cumpleaños, llovía un poco, a ratos, sobre el cementerio de Serantes, donde yace el autor de esa maravillosa trilogía que recibió el nombre de Los gozos y las sombras, y que es una de las obras capitales de la literatura europea del siglo XX, con independencia de que don Gonzalo (porque todo hay que decirlo) tuviese mucho más afecto por otros libros suyos más cercanos al ámbito de lo fantástico, menos pegados al realismo. Era una lluvia casi imperceptible, en cualquier caso, permítanme que lo subraye, la que caía sobre el camposanto. Una lluvia como de agua que no pretendiese mojar a nadie, y cuya verdadera intención, o eso me parece a mí, era hacer más hermoso el aire. Cosa que conseguía, claro. ¡Y tanto que sí, vaya si lo lograba...! De hecho, la luz de ese día, que en Serantes hacía aún más bello el canto de los pájaros, lo invitaba a uno a tomar conciencia de que el valle natal de Torrente, ese valle que igual que abraza al mar abraza también la montaña, fue el lugar en el que el autor de La saga/fuga de J.B. tomó conciencia de que la memoria y los sueños pueden construir un mundo entero con palabras. Sobre la tumba de Torrente, sobre el oscuro mármol, había unas margaritas silvestres, sin duda nacidas al pie de algún camino cercano, tal vez del que une el misterio con la imaginación. Unas flores ciertamente humildes, pero que simbolizan el recuerdo, el empeño en tener siempre presente lo que ya habita la eternidad. Don Gonzalo nació en 1910. Como su amigo Carballo Calero, por cierto. Y no me cabe duda de que si a don Ricardo le dedican por fin el Día das Letras Galegas, Torrente Ballester será feliz.

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