Me estaba acordando ahora, ya ven ustedes, nada más comenzar a escribirles desde esta vieja mesa de mármol con el café a mi lado, de uno de los más grandes conversadores que he conocido, y del que hoy finalmente no les voy a decir su nombre -van a tener que disculparme- por ser la materia que nos ocupa un tanto delicada. Era un verdadero erudito, dueño de una biblioteca en la que había libros que no tenía nadie, entre ellos algún maravilloso atlas que parecía haber sido iluminado a mano. Creo que había sido gran cazador, aunque de eso no hablaba. Y debió de ser, además, el último cura del país que fue de un lado a otro a caballo, aunque cuando yo lo conocí ya no estaba para esas cosas, y si tenía que desplazarse a otra parroquia llamaba un taxi. Era gran devoto de La vida de las abejas, de Maurice Maeterlinck -creo que también de La vida de las hormigas, pero no me hagan caso-, y a Ovidio lo leía por supuesto en latín, como querría Julio Camba. «No hagas daño», decía siempre, a modo de despedida. El caso es que este señor, al que le parecía la cosa más extraña del mundo que un cura pudiese andar en vespa, como hacían algunos párrocos, creía, al igual que el Padre Calmet, aquel célebre benedictino francés que llegó a estar al frente de varias de las grandes abadías de su país y que le dijo no al mismísimo Papa cuando quiso hacerlo obispo (Calmet, sí, de quien había leído muy bien sus comentarios sobre las Escrituras, pero también las páginas que dedicó a algunas cosas más profanas), que los cuerpos de los muertos podían abandonar la tumba en circunstancias extraordinarias. «Xa che contarei un día», decía. Pero no llegó a contarme.