Errores históricos


En este periódico leemos con frecuencia noticias de jóvenes científicos gallegos que están llevando a cabo sus trabajos de investigación en universidades extranjeras. Son graduados muy capacitados que se ven obligados a buscar fuera lo que aquí no se les puede facilitar por la precariedad de los medios materiales que se destinan a la investigación. Y así, tras su paso brillante por la Universidad española, se tienen que ir a Estados Unidos, Alemania o Reino Unido para continuar su formación investigadora. Que no haya dinero público para atender este terreno vital de la investigación dice muy poco de un país acostumbrado, por otra parte, a malgastarlo a manos llenas.

Y aquí nadie mueve un dedo para evitar esta sangría científica. Ni los políticos que nos representan, ni nosotros, los representados, porque -hay que reconocerlo- el saber, la cultura y la ciencia siempre tuvieron poco prestigio entre la mayoría de nosotros. Hay aún mucha gente que no leyó nunca un artículo de un periódico ni un reportaje de una revista de pensamiento, pero sí se conoce al dedillo los milagros de Belén Esteban o todo lo del nuevo Gran Hermano. Y, por supuesto, no siente el menor interés por científicos importantes, como Mariano Barbacid o Margarita Salas, dos eminentes bioquímicos que investigan? en EE.UU. En este asunto tiene mucho que ver la televisión pública, que debería estar obligada por ley a fomentar el interés de los espectadores por cuestiones que eduquen, que enseñen, que ayuden a formar el gusto por las artes, por la ciencia, por el conocimiento, en vez de rebajar el nivel cerebral de la ciudadanía ensalzando a personajillos, políticos y no políticos, que no nos aportan nada.

Y cuando hablo de científicos españoles siempre me acuerdo de Ramón y Cajal, uno de mis personajes preferidos, quizá porque con él mantuve un error histórico descomunal que me duró casi todo el bachillerato. Hasta mis catorce o quince años siempre creí que Ramón y Cajal era un santo, uno más del rico santoral español. Resulta que en mi colegio nos ponían muchas películas de santos para llenar las largas tardes de los domingos de invierno. Fray Escoba, el padre Damián, Marcelino Pan y Vino, etc., eran nuestros héroes a imitar. Todos queríamos volvernos santos viendo películas de santos; piratas, cuando eran de piratas, y soldados del Séptimo de Caballería cuando eran de indios. Nuestra capacidad de asimilación era inagotable, pero con quienes mejor nos identificábamos era con los santos. Todas tenían un planteamiento casi idéntico: los protagonistas, de niños eran muy pobres, bastante traviesos, aunque de buen corazón. En la juventud se hacían responsables, sacrificando su propia vida al servicio del prójimo. Al final, recogerían los frutos de sus buenas obras y acabarían siendo canonizados como santos y venerados por todos los fieles cristianos. Una de esas películas me provocó la confusión a la que aludí. Trataba de la vida de Ramón y Cajal, que coincidía con las otras en su desarrollo: también fue pobre, un poco díscolo (pero de buen corazón), entregado a su vocación y a servir al prójimo, no desmayó nunca? Igual que aquellos. Su porte noble y su barba blanca de anciano confirmaban esa santidad que yo le atribuía. Aunque, que haya sido Premio Nobel en aquella España, peor aún que esta, no deja de ser un milagro de santo.

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