Literatura y realidad


Hay viajes nostálgicos al centro de recuerdos lejanos; sentimentales, al centro de nuestra geografía íntima; y literarios, al centro mismo de la buena literatura. Así fue el que hice un día de estos para pasar unas horas con un amigo que vive en Madrid, con el que, cada verano, me encuentro en Galicia. Este año, por un problema suyo de salud, nos vimos en su tierra, Meira y Crecente, donde el río Miño empieza a hacerse con agua. Pero como el lugar está enclavado en una tierra inmortalizada por la pluma del gran Cunqueiro, le sugerí a mi amigo recorrer lo que el escritor llamó las «Tierras de Miranda», que no son otras que las que ocupan el territorio real del municipio de A Pastoriza, entre los de Meira y Mondoñedo. Tenía curiosidad por ver los senderos y vericuetos por donde el mago Merlín entretenía con sus historias a las delicadas princesas que venían a visitarlo, y tenía interés por encontrarme a alguno de esos personajes cunqueirianos (labradores, artesanos, capadores, curanderos, emigrantes?) que inundan su literatura y que representan como nadie la tipología rural gallega. Porque no olvidemos que Cunqueiro nos ofrece en tres libros importantes -Escola de menciñeiros (1961), Xente de aquí e de acolá (1971) y Os outros feirantes (1979)- una prueba fehaciente del interés y curiosidad que sentía por cuanto sucedía en la vida diaria de las gentes de su tierra. En ellos, además del gran nivel literario que muestran, descubrimos con total naturalidad el valor antropológico del alma gallega y su proyección universal. Cunqueiro hace buena aquella afirmación del gran escritor portugués Miguel Torga, según la cual «lo universal es lo local sin fronteras».

En este recorrido que hicimos en coche por la condición convaleciente de mi amigo, fuimos recorriendo bosques, subiendo outeiros, bajando pequeñas cimas, por carreteras serpenteantes que se abrían camino sutilmente sin siquiera molestar aquellas umbrosas carballeiras. Y llegamos a Loboso, el lugar que yo tenía más interés en visitar. Ya había estado otra vez allí, pero ahora quería fijarme bien y con todo detalle en la casa de Melle, un viejo caserón que protagoniza un relato de Cunqueiro, en el libro Escola de menciñeiros, el titulado Melle de Loboso. Situados en una pequeña loma frente a la casa familiar del tal Melle (que Cunqueiro visitó alguna vez desplazándose desde Mondoñedo y atravesando a caballo la sierra de A Corda), uno puede entender perfectamente lo que es el «Realismo mágico» sin necesidad de acudir a los novelistas hispanoamericanos. En ese relato Cunqueiro cuenta que un vecino de Loboso, de nombre Melle, siendo ya muy mayor, se empeñó en aprender a escribir para, una vez muerto, poder mandar noticias desde el Más Allá. Para que no hubiese dudas, las escribiría en papel de barba, que habían de meter en el féretro, juntamente con varios lápices bien afilados. Murió Melle y todos sus parientes estuvieron muy atentos a cualquier aviso escrito. Al cabo de un tiempo, en un huevo de gallina, el sobrino encontró un papel con este mensaje: «Arreglad la chimenea. Tu tío que lo es Victoriano Melle». Días más tarde, un vendaval alocado derribó la chimenea de la casa. Mi amigo y yo estuvimos allí parados, como tontos, contemplando aquella noble chimenea, caída sobre el techo abandonado. Menos mal que la literatura sirve para rescatar ruinas.

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