Viajeros y equipajes


Ferrol

Debe de ser por no viajar con frecuencia por lo que, cuando lo hago en avión, siempre temo perder la maleta. Mejor dicho, que me la pierdan quienes trajinan con ellas. Porque todos conocemos a alguien que ha llegado a su destino, pero su maleta no. O fue llevada por equivocación a otro aeropuerto o, simplemente, se ha extraviado sin que nadie sepa por qué. Hoy, además, todas las maletas se parecen unas a otras y la confusión es un riesgo añadido. Son casi iguales, todas con ruedas, todas anodinas y vulgares. Su aspecto refleja el de sus propietarios: todos vestidos de la misma manera, esperándolas, agolpados, con caras de cansancio y aburrimiento, junto a la cinta mecánica. Quizá por eso, las compañías aéreas ya no respetan ni a los pasajeros ni a sus maletas. Nosotros viajamos apretujados en asientos cada vez más estrechos, y nuestras maletas, tratadas sin la mínima consideración, son escudriñadas en las aduanas y escaneadas como bultos potencialmente peligrosos. A lo largo de estos años los pasajeros y sus equipos de viaje han ido perdiendo importancia. En otra época, el viajero se definía por su equipaje. Tanto para bien como para mal. No hay más que ver alguna película que recree viajes transatlánticos de gente rica, o de emigrantes españoles a América. En ellas veremos los baúles con herrajes de cobre que acompañaban a sus dueños millonarios, o las maletas de cartón o de madera de pino que arrastraban nuestros emigrantes. Hoy, la globalización ha igualado a todo el mundo en un término medio.

Relacionado con lo que he apuntado hasta aquí, hace ya un tiempo viví una experiencia muy curiosa en un aeropuerto extranjero. Esperaba, como todos los demás pasajeros, que la cinta transportadora de la terminal trajese mi maleta. La cinta rodaba y cada una iba encontrando su dueño, con lo que la sala se quedaba vacía. Hasta que quedamos dos: una señora mayor y yo. La cinta seguía dando vueltas, pero del interior siempre venía con una maleta, que no era de la señora ni mía. Pero daba gusto verla, por su empaque singular. La señora me miraba, yo la miraba a ella, pero estaba claro que no era de ninguno de los dos. La maleta volvía a entrar por una boca lateral del túnel y salía, resplandeciente y solemne, por el otro. Rodaba sola en la cinta y así lucía más su prestancia. Era una maleta forrada con una loneta blanca, con herrajes relucientes de cobre, y en un lateral, un papel adhesivo de un viejo hotel de Estambul. Ni un nombre, ni una dirección. Aunque esperaba, nervioso, que apareciese mi maleta, me entretuve pensando en quién, podría ser el dueño. Sin duda, alguien de otro tiempo, de otros gustos, de la época de aquellas películas a las que me refería antes. Un viejo romántico que, a lo mejor, hasta se perdió él mismo en el paso de los felices años 20 a los ajetreados y empobrecidos del nuevo siglo. De pronto, como por un milagro de San Antonio, la cinta sacó a la luz mi maleta y la agarré sin contemplaciones. Me acerqué a la señora, que seguía allí, esperando la suya ya sin fe ni esperanza (después del golpe de suerte que había tenido yo) y ajena a mis ensoñaciones con aquella otra maleta misteriosa, que seguía rodando ante nuestros ojos, impávida, como en un desfile de modelos. Miré a la señora, miré a la maleta blanca y pensé decirle: «¡llévesela!» Pero era polaca y no me iba a entender.

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