¿Quién no ha estado en el Gran Café Bar Pinzón, en Cedeira?

En sus orígenes, hace casi 90 años, servían percebes, Tío Pepe y café Moca, y los clientes cantaban, echaban la partida y fumaban sin cesar. Hoy ofrece música alternativa y zona wifi, sin perder el encanto de antaño


Cedeira

La primera referencia del café bar Pinzón data del 22 de marzo de 1924, en una escueta nota de prensa, que altera el nombre, en un guiño a la modernidad del local: «Lo primero que preguntan los forasteros es dónde está el bar Moderno, para comer allí los famosos percebes y demás marisco, y el famoso jérez, marca Tío Pepe, que es el mejor de España, y tomar el café Moca, que alivia las penas y da alegría». Emilio Pérez y su mujer, Antonia Freire, alquilaron un antiguo almacén de sal, que daba servicio al puerto, y lo convirtieron en el Gran Café Bar Pinzón, como figura en las dos entradas principales del negocio, que dan al Paseo de la Marina y a la calle Ezequiel López. Pero hay un tercer acceso lateral, protegido por otro pesado y noble portón de madera, que abre a un callejón contiguo.

En las paredes del local se puede ver otra referencia impresa, del 20 de enero de 1934, bajo el título El nuevo aparato del café bar Pinzón: «Está llamando la atención el potentísimo y formidable aparato de radio que nuestro muy estimado amigo Don Emilio Pérez acaba de instalar en el cada día más acreditado establecimiento. Dicho aparato es la última palabra de la técnica americana en radios, es de nueve tubos, tiene seis (h)ondas larga, corta, extracorta, para aeroplanos, para policía, etcétera. Es perfectísimo, seguramente el más moderno que se conoce en España hasta hoy».

El redactor de la nota no escatima elogios al transitor, «de los primeros, sino el primero que hubo en Cedeira», asegura Masé García, nieta de los fundadores: «La grandiosa factoría que fabrica estos modernísimos y potentes aparatos, que permiten oír perfectamente las emisiones de las estaciones de casi todo el mundo, ha nombrado su representante a dicho amigo señor Pérez».

De los tiempos del señor Pérez quedan el mostrador, el suelo, las mesas de hierro fundido y mármol, el techo de madera y algún vestigio de la pintura y la decoración original, obra de Frin Fran y Manolo do Xorro, hermanos de Emilio, encargados de mantener en perfecto estado el céntrico establecimiento. Los sillones de mimbre de la terraza, los veladores y los manteles con borde de colores desaparecieron hace tiempo. Igual que las sillas que «los creativos» de la familia, cuenta la sobrina nieta, pintaban aprovechando el material sobrante del barco en el que trabajaban.

Encuentro de veraneantes

Durante la temporada estival «era el punto de encuentro de todos los veraneantes, la mayoría madrileños, y que ya van por la tercera o la cuarta generación», explica Masé, el último eslabón de esta saga de hosteleros, al frente del negocio durante dos décadas, junto a su marido, Alberto Rúa. «Al principio -cuenta-, la clientela era gente pudiente, la alcurnia del pueblo. A la muerte de mi abuelo, mi abuela se entregó a traer más gente del pueblo». «Siempre ha sido el bar de referencia del pueblo», apunta su prima Carmela. En alguna de las fotografías que se conservan en el local se ven la cafetera, situada en la barra, las cortinas, las cenefas (pintadas por Frin Fran y Manolo do Xorro) y los banquetes. En el Pinzón -debe al nombre al pájaro de los fundadores- se celebraban banquetes, bodas y primeras comuniones, que consistían en una degustación de chocolate con churros. Y durante años se disputaron «múltiples torneos de ajedrez», apunta Alberto.

Mus, malilla y humo de puro

En el bar Pinzón -la primera cafetería de Cedeira, donde predominaban las tascas, refugio de los marineros- se jugaba a diario al mus y la malilla, en la espesa atmósfera creada por el humo de los puros. Antes de Masé, allí trabajaron sus tías y, sobre todo, su madre, Rosario Pérez, que acabó regentando el negocio, junto a su marido, José García -la familia compaginó el bar con la dulcería, que acabó en manos de una de las tías, Charo, a unos pasos del café-. «Cuando el hombre pisó la luna (el 21 de julio de 1969) estábamos todos aquí viendo la televisión, que era una novedad», evoca Carmela. Los cantos de taberna protagonizan otro capítulo de la historia de este establecimiento. Desde el principio cantaban los marineros, las pandillas, los turistas... En los últimos años de gestión por parte de la misma familia, cantaban hasta altas horas de la madrugada. Abandonaban, muy a su pesar, tentados por Alberto, bajo el señuelo de la queimada que preparaba en la playa.

En 2007, el Pinzón cambió de manos. los argentinos Mariano Carmona y David López, amigos de la infancia, arrendaron el local, «por la ubicación y el encanto». Cambiaron la iluminación, dejaron la piedra y la madera a la vista y mudaron la disposición de mesas y sillas. El tipo de clientes también varió, aunque los hay de toda la vida. El verano «sigue siendo la época de más actividad». «Este julio ha sido el mejor desde que abrimos», afirma, temeroso del invierno. La música independiente se ha convertido en otra seña de identidad del Pinzón (de los primeros con zona wifi, que algunos confundieron con un cambio de nombre), junto al alto techo, rojo inglés, que heredaron, o las tres puertas, «una excentricidad», opina un cliente, «un laberinto», le corrige otro.

El grupo madrileño Inlogic ha grabado aquí escenas de un vídeo y un director italiano rodó parte del corto Retorno a San Andrés. Por aquí han pasado Miguel Bosé o Loquillo, Siniestro Total, Eduardo Punset y su hija Elsa o, en otra época, Carmen Polo de Franco. Las tres puertas continúan abiertas, para felicidad de tantos.

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