La Audiencia dice que vender prendas falsas en mercadillos y feirones no es delito


Quien compra en un mercadillo o en un feirón una camiseta o un perfume con la marca Calvin Klein sabe perfectamente que no es Calvin Klein. El lugar donde se compra, el precio e incluso los materiales evidencian que se trata de una burda imitación. Por eso los jueces están empezando a absolver a los vendedores denunciados por supuesto delito contra la propiedad industrial, principalmente por agentes fiscales de la Guardia Civil. La Audiencia acaba de confirmar una sentencia absolutoria del magistrado Francisco José Ruano, hasta hace pocos días titular del Juzgado de lo Penal número 2 de Ferrol, que explicaba en la resolución los motivos que lo llevaron a adoptar este criterio.

La vendedora Isabel Lozano Lozano, el 7 de noviembre del 2004, tenía su puesto montado en el feirón de Santa Cecilia, en el lado de Narón de este barrio limítrofe con Ferrol. En las mesas había dispuesto 15 chaquetas que imitaban la marca Lacoste, nueve relojes de pulsera imitación de Tommy Hilfiger, perfumes que parecían Paco Rabanne o Dolce&Gabbana, y otros frascos con simulación de la marca Armani, Opium, Saint Laurent, Christian Dior y otros muchos.

El Código Penal

Denunciada por ello, el fiscal pidió su condena por el delito apuntado. Pero el juez dice que no lo ha cometido. El Código Penal establece penas de seis meses a dos años de cárcel y multas de 12 a 24 meses para estos casos.

El magistrado Ruano explica que varios informes periciales sobre el caso de Santa Cecilia indican que se ve «a la clara» que son artículos de imitación. «Es igualmente conocido -decía el juez también en la sentencia- que los precios de las prendas [auténticas] superan en unos casos los 90 euros o los 110, lejos de los 6 ó 10 euros por los que los vendía la acusada».

Comprar en mercadillo y a los precios que allí se puede pagar hace aparecer a los consumidores la idea única de que, aunque la prenda ostente una determinada marca, «no están adquiriendo en verdad un producto de esa marca, sino un subproducto propio de la economía sumergida». Sociológicamente, por tanto, quienes compran tales prendas son personas bien informadas sobre lo que representan en el mercado las marcas famosas, por su diseño y signos, «resulta obvio que estas personas no son engañadas».

Cosa distinta, apunta también, sería que las prendas, relojes y colonias fueran vendidas a precios iguales o muy poco más bajos que los legítimos y además en tiendas o boutiques situadas en zonas comerciales de prestigio: «Entonces sí podría hablarse de engaño a los consumidores y de posible desprestigio o daño a los titulares de las marcas».

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