«La morriña es el aguardiente de mi blues y ahí busco la inspiración»

Siempre que piensa en su infancia, la memoria devuelve a Víctor Aneiros ?a Canido, un barrio del que añora la vida en la calle y las charlas pausadas


Como Rilke, Víctor Aneiros es de los que piensa que la patria de todo hombre está en la infancia. El músico ferrolano cuenta que fue un niño feliz, y por eso, al pedirle que elija su lugar predilecto de la ciudad, este bluesman de mirada lluviosa retrocede cuarenta años atrás. Y, buceando en la memoria, se queda con Canido, el barrio en el que nació y en el que creció hasta que, con diez años, puso rumbo a Narón.

«Me gusta Canido porque es un lugar muy peculiar, muy auténtico y, además, creo que el primer barrio en el que uno vive es el que le marca para siempre», dice sonriente el guitarrista y compositor. Aneiros vivía en el número 4 de la calle Insua y cuenta que se pasaba los días en la plaza del Cruceiro, «jugando a la pelota, charlando con los amigos o viendo la televisión en el bar de la esquina, que tenía unas puertas como las del Oeste».

De aquel Canido, y de aquella época, Aneiros echa de menos las conversaciones cercanas. La vida en la calle. El contacto con los vecinos: «Es extraño, pero ahora que tenemos tanto teléfono móvil y tantos medios para estar en contacto, parece que nos comunicamos menos, que nos encerramos más en nuestras casas».

Pero su carácter melancólico -«como el de casi todos los gallegos», advierte el músico- también es capaz de transportarle hasta otros paisajes queridos de la infancia. Por ejemplo, a las películas de vaqueros que veía en el Rena, las funciones de títeres en el parque Reina Sofía o a la calle Benito Vicetto, en Ferrol Vello, donde vivían sus abuelos.

Y fue también en la infancia, esa patria perdida, donde Aneiros descubrió su amor por la música. «Siendo pequeño y viendo un programa de televisión que se llamaba Beat Club vi a un músico desatado, tocando la guitarra con pasión, y aquello me dejó noqueado; con el tiempo descubrí que era Jimi Hendrix», recuerda.

La semillita de la música ya estaba plantada y Víctor no hizo más que mimarla para que creciese. A los 18 años empezó a aporrear el bajo -«porque creía que era más fácil que la guitarra», apunta entre risas- y con muchos amigos, y una fuerte vocación, no le costó aprender. Estuvo en grupos como Alkitrán y Blancanieves, y después se pasó a las orquestas, que lo dejaron baldado: «No me gustaba lo que hacíamos». Así que decidió abandonar la música.

La guitarra estuvo confiscada durante algunos años, pero en el 99 y con el pan asegurado gracias a una plaza de funcionario, Aneiros decidió que era hora de hacer lo que le gustaba. Blues, blues y más blues. ¿Y por qué no? El compositor lo defiende a muerte: «Aunque es un estilo minoritario, el blues es un tipo de música que funciona, que conecta muy bien con la gente, lo que ocurre es que no se apoya lo suficiente, porque la radiofórmula sigue mandando».

Pero a este Rory Gallagher de la música gallega -como le llaman algunos- no le bastó con hacer rock blusero desde un rincón perdido del Atlántico. Fue a por el más difícil todavía y lo encontró hurgando en sus raíces.

Porque en su tierra llueve. La lluvia se hace melancolía. Y en Galicia ese sentimiento tiene un nombre propio. Morriña. De ella dice Aneiros: «Es el aguardiente de mi blues y donde busco la inspiración». Por eso, tras grabar dos discos con muchas versiones de clásicos - Que el blues te acompañe y Live in Montreaux -, decidió dar el campanazo cantando blues en gallego. Primero en O blues do amencer y, después, en Heroe secreto, donde pone música a versos de Amado Carballo o Ramiro Fonte, y a también a textos propios que beben de la obra de escritores como Xosé Carlos Caneiro, al que admira profundamente.

La acogida fue estupenda, pero siempre hay alguien dispuesto a criticar. «Mucha gente no lo entiende, piensan que lo hago por vender, incluso porque creen que me dan subvenciones, pero no tiene nada que ver con eso», advierte Aneiros. Y se explica, para que no queden dudas: «Hay que entender que el blues no es triste, sino que es un sentimiento, un estado de ánimo, y los gallegos tenemos nuestra propia forma de sentir, así que... ¿por qué no tocar lo que sentimos?». No hay duda. Para Víctor Aneiros, la morriña tiene mucho blues.

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