Débora Iglesias: «Galicia y California son zonas muy ricas pero muy vulnerables al cambio climático»

La viguesa que en el 2008 obligó a la comunidad científica a replantearse sus predicciones al desmontar la teoría de que las algas contribuían a reducir el efecto invernadero, analiza en un libro los desafíos clave que enfrentan los océanos y la incidencia de las actividades humanas en los ecosistemas. La oceanógrafa alerta sobre la contaminación, identifica las grandes amenazas y llama la atención sobre esa sensación nociva de la capacidad de recuperación ilimitada del mar. «La situación es crítica», subraya sin tapujos


Será en enero, en menos de tres meses, cuando la viguesa Débora Iglesias se reincorpore a su cátedra en la Universidad de California, en Santa Bárbara (EE.UU), tras un año sabático durante el que la oceonógrafa se ha volcado en un libro de reciente publicación (The Future of Marine Life in a Changing Ocean -por ahora solo disponible en inglés y en Amazon-) en el que resume casi tres décadas de conocimiento sobre el medio marino, con sus amenazas, variaciones en la diversidad de los ecosistemas e incluso, un análisis del coste del cambio climático en la seguridad alimentaria. La gallega, que tras trabajar en proyectos de investigación en la NASA o en campañas oceanográficas por todo el mundo, saltó al primer plano científico en el 2008 al publicar en la revista Science un estudio que revelaba, en contra de los dogmas vigentes, que el fitoplancton no contribuía a anular las emisiones de CO2, busca ahora contribuir a explicar a la población la urgencia climática y de contaminación del medio marino. «El océano no tiene una inercia ilimitada», insiste. Desde Vigo, adonde pudo regresar estos meses, lanza un reto: «Mi sueño como viguesa y gallega es que la comunidad se convierta en pionera en la lucha contra el plástico».

-¿Cuáles son las grandes amenazas para el medio marino?

-Entre las principales está, sin duda, la contaminación. Estamos utilizando el mar como un basurero. Hay una idea extendida de que el océano tiene una inercia y capacidad de recuperación ilimitada, que puede aguantar y regenerarse, pero en algunos casos esto no es posible. Hay un ejemplo que siempre le pongo a mis alumnos de Estados Unidos y que tiene que ver con el pesticida DDT, muy tóxico y ahora ya prohibido, pero que en la década de los 70 se utilizaba con frecuencia en la agricultura. Cuando llueve, a pesar de que en California ello no sea muy frecuente, se vierte en el agua y el gran problema es que, como sucede con el plástico, no se elimina. Con las tormentas, puede entrar en la columna del agua.

Hay que ser conscientes de que todo acaba en el mar, como los vertidos farmacéuticos, y que eliminarlo es muy difícil. Es necesario también pensar en la contaminación que pueden conllevar las limpiezas de buques en mar abierto o en los vertidos de petróleo, como el que ocurrió hace cuatro años en California por la rotura de una tubería y que demostramos que aumentó la toxicidad de las algas en esa zona.

Desde mi departamento también estudiamos el efecto que tuvieron los devastadores incendios del 2017 en California, durante los que me evacuaron de mi casa, y las lluvias que les sucedieron, con concentraciones de bacterias en los océanos. Y todo ello unido al gran problema del plástico. 

-En el caso concreto del plástico, y ante una mayor concienciación de la población, ¿cree que estamos a tiempo de salvar los océanos?

-La verdad es que no es muy optimista la situación. Estamos en lo que ya se conoce como plasticeno, la era del plástico. Sí es cierto que cada vez hay más personas concienciadas pero estamos produciendo una cantidad de plástico perversa, de entre 300 y 400 megatoneladas al año, y ello va en aumento. Se espera que se triplique la producción para el año 2025. Y la capacidad de reciclaje no puede con ello. Tan solo una cantidad muy pequeña se recicla.

Además, el medio está mucho peor por lo que no vemos, los nanoplásticos y los microplásticos, que por lo que vemos. El problema con el plástico es que se bioacumula y, cuando pasa de un organismo a otro en la cadena trófica, se biomagnifica. Todo ello es terrible para los ecosistemas, a pesar de que aún no se conocen todos los efectos. 

Un estudio realizado en un supermercado de Nueva Zelanda con productos del mar incluso alertó de que había ya alimentos con dosis no recomendada de plástico.

 -¿Qué se podría hacer a corto plazo?

-Se necesitan políticas bastante duras. Es importante que las administraciones tengan en cuenta la urgencia a la hora de legislar. Es también prioritaria una acción conjunta de las compañías. Hay muchas que están acometiendo cambios, motivadas también por incentivos fiscales o presionadas por el comportamiento de individuos.

Y es que el cambio más efectivo es el que viene desde abajo, desde la concienciación del consumidor. Asumir ciertos hábitos cotidianos o negarse a comprar productos envasados de cierta manera. Yo vengo de California, donde hay un estigma social con alguien que lleve una bolsa de plástico a un supermercado. En Alemania, donde viví un tiempo, ya nadie las llevaba hace 25 años. 

Hace poco entré en una biblioteca pública de Galicia donde me ofrecieron una bolsa de plástico para el paraguas, algo que considero irresponsable hoy en día. Pedí un formulario para presentar una queja. Si eso no lo hace una persona solamente, si eso lo hacen diez al día, se convierte en un dolor de cabeza y conseguirá que se elimine esa práctica. Es una forma de vivir y de dar ejemplo.

-¿Desde la lejanía, cómo ve la situación de Galicia?

-A nivel de contaminación por plástico tenemos el mismo problema, sino más, que en otras zonas porque aquí su consumo es muy elevado. De todas formas, no hay que olvidar que las corrientes en el mar distribuyen el plástico por todos los océanos. El mar está conectado, y esa es la maravilla y el problema.

Más allá de eso, Galicia, como California, son zonas que pueden presumir de contar con aguas muy productivas y que comparten fenómenos como el afloramiento. Por todo ello, es urgente vigilar la problemática medioambiental. Son zonas muy ricas pero muy vulnerables al cambio climático. 

-¿La urgencia de la situación le llevó a replantearse convicciones sobre la manera de combatir los efectos de la actividad humana en el mar?

-Sí, hace unos años participé en una de las primeras reuniones en las que se debatían soluciones para intervenir en el mar desde la geoingeniería y en ese momento era totalmente contraria. Sin embargo, y aunque aún no estoy involucrada en ninguna iniciativa, no lo descarto en el futuro porque creo que en algunos casos se debe intervenir si se quiere restaurar el medio marino, sobre todo ante la pérdida de ecosistemas muy valiosos, como, por ejemplo, los corales, que en algunas zonas desaparecerán si no intervenimos. Hay métodos que son más agresivos, y con los que no estoy de acuerdo, y otros que menos, que se basarían en reproducir sistemas naturales de forma acelerada.

Es una cuestión ética. Yo como oceonógrafa no puedo estar fuera del debate porque es demasiado importante lo que nos jugamos. Siento que no intervenir es irresponsable. La situación es crítica.

 -¿Qué es peor, el negacionismo o la indiferencia ante el cambio climático?

-Los dos son terribles pero creo que la indiferencia es peor. Uno de los grandes problemas actuales es que en algunas comunidades y en muchos países, no hay un sentimiento de urgencia a pesar del estado deplorable del medio marino, ni de valoración de los ecosistemas.

-¿Trató en el libro de escapar de alarmismos?

Sí, creo que es importante no crear falsos alarmismos. Aún así, me fue difícil no describir una situación muy preocupante. El libro, aunque está dirigido en principio a estudiantes, creo que puede servir a todos aquellos interesados en conocer el desafío al que nos enfrentamos o en saber qué es la acidificación  de los océanos (la reducción progresiva del pH debido al dióxido de carbono que genera la actividad humana), por qué tenemos calentamiento en el medio marino o por qué los océanos están perdiendo oxígeno. Se explican los procesos de base, paso a paso. El cambio se hace a través de la educación, de concienciar a la población.

 -Fue hace ya once años cuando su nombre resonó en la comunidad científica internacional al obligarla a replantear sus certezas. ¿Cómo recuerda aquella etapa?

-Maravillosa pero con mucho estrés. En el equipo del Centro Oceanográfico de Southampton trabajábamos con los cocolitóforos, que son algas microscópicas unicelulares. Debido a la acidificación del mar, la comunidad científica creía que se verían afectadas por el aumento de CO2 de tal forma que la capacidad de absorción de los océanos iría en aumento y se mitigaría el efecto invernadero. Un estudio que publicamos en la revista Science aclaró, sin embargo, que en algunas especies de fitoplancton la respuesta podía ser neutral o incluso en direccion opuesta. Supuso un cambio de paradigma. Fue la primera vez que se reportó un organismo marino que reaccionaba en sentido contrario a lo que esperábamos con la acidificación.

Al principio, y tras obtener esos resultados tan opuestos a lo sostenido hasta el momento, no los entendía, a pesar de que estaba segura del experimento. Cuando me di cuenta de lo conseguido, algo que replanteaba los dogmas con los que trabajábamos, no pude dormir en tres días. Después, tuvimos que lidiar durante dos años con grupos que testaban lo que habíamos logrado y con otros que intentaban rebatirlo. Fue increíble y fantástico. Nosotros vivimos para esos momentos. 

-En enero deja Vigo para regresar a la Universidad de California. ¿Cuál es su próximo reto?

-Más que un reto, te digo un sueño, un sueño como viguesa y como gallega. Me encantaría poder ver a un dirigente político que asumiese el reto medioambiental y convirtiese a esta comunidad en pionera en la lucha contra el plástico, al estilo de San Francisco, que es la primera ciudad de Estados Unidos en prohibir las botellas de plástico. Ver a Galicia en la vanguardia de esa lucha es una de las cosas que más me motiva.

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