La huella ecológica del pujante comercio electrónico

La red comercial desplegada para dar salida a los millones de pedidos implica más vehículos de reparto y embalajes para cada producto


El volumen de ventas del comercio electrónico crece de forma exponencial. Cada año supera al ejercicio anterior y ya roza los 260.000 millones de euros en España. Esta cifra se desprende de los datos que maneja el Instituto Nacional de Estadística (INE), y se refiere a los ingresos a través de Internet de las empresas con diez o más empleados, por lo que la cuantía de las transacciones en la Red es todavía mayor si se tienen en cuenta los pequeños negocios y operaciones entre particulares.

El gigante Amazon abandera las compras exprés, con el compromiso de entrega «en 24 horas», cuando no menos. Un catálogo global sin moverse de casa al que cada vez se suman más compañías. Solo en España, el 20 % de las empresas realizan ya sus ventas en webs o aplicaciones, y el 32 % compran por comercio electrónico, según los últimos datos del INE. Pero tanta actividad, sin unas reglas que delimiten el terreno de juego, genera una huella ecológica -también conocida como de carbono- con un impacto ambiental mayor que el del comercio tradicional, principalmente por dos factores, a saber, el transporte y los embalajes.

Enjambre de vehículos

Miles de camiones y furgonetas de reparto pululan -también con exponencial crecimiento- por ciudades y pequeños municipios para hacer llegar los pedidos, cuando, años atrás, el transporte de mercancías se limitaba casi en exclusiva al comercio físico, cuyos portes suelen concentrarse para optimizar el servicio. Pero la irrupción de la venta personalizada, con entregas masivas a corto plazo -casi un millón al día- y dinamizada con la popularización de la tecnología, ha sacudido el modelo tradicional. Y los problemas afloran, principalmente en las grandes urbes. Dobles filas de tráfico, ocupación de espacios de carga y descarga o mayores emisiones de CO2. El impacto de un solo camión se multiplica ahora por decenas de furgonetas para dar cabida a la misma carga.

Problemas en el reparto de mercancías en el casco histórico compostelano
Problemas en el reparto de mercancías en el casco histórico compostelano

¿Cómo reaccionan las ciudades ante esta problemática y evitar el colapso? Hay alternativas sobre la mesa. Propuestas más sostenibles para dar solución a la forma de comprar y vender, mientras las compañías logísticas disputan una carrera para encontrar la fórmula de éxito que las desmarque de sus competidores. Una de las medidas planteadas es la instalación de hubs, una red de puntos de recogida y entrega estratégicamente ubicados en barrios donde se concentraría la actividad tanto de los repartidores como de los consumidores. Una especie de gran contenedor donde todas las empresas de transporte depositasen todos los encargos de la zona correspondiente. Se evitaría así que los vehículos fuesen de puerta en puerta, al tiempo que el usuario ya no se vería forzado a estar pendiente de la entrega, sino que podría acudir al punto las 24 horas del día. Esta fórmula ya la han puesto en marcha las principales firmas logísticas, pero de uso exclusivo para sus clientes. Se trata de una especie de taquillas emplazadas en lugares comunes; la evolución de los buzones, donde los destinatarios recogen sus mercancías. No obstante, la propuesta de los hubs redundaría en poner de acuerdo a todas las empresas para utilizar el mismo punto de reparto y no hacer la guerra cada una por su cuenta, llenando de puntos de recogida, con siglas distintas, cada rincón de una ciudad.

Guerra por la última milla

Llegar el primero al consumidor. Es la lucha que mantienen las empresas de transporte y que también deja su huella de carbono. En el rural y poblaciones pequeñas no queda más remedio, todavía, que la entrega en los vehículos de reparto habituales. Pero esa batalla, -en la que también está en juego la sostenibilidad- librada en las grandes urbes, tiene también alternativa con las mensajerías ecológicas -a pie o en bicicleta- y la implantación de vehículos eléctricos en el tramo final, el conocido como «última milla». Se trata, en definitiva, de evitar en la medida posible las emisiones generadas por los combustibles fósiles, porque la tendencia a este modelo es imparable. Según el INE, el volumen de negocio en el 2017 creció un 13,7 % respecto al ejercicio anterior. Suma y sigue. En Galicia, los datos oficiales indican que el 98,8 de las empresas tienen conexión a Internet y el 73,6 %, página web. En la otra cara de la moneda, el comercio electrónico abre puertas hasta ahora cerradas para aquellos negocios emplazados en pequeñas localidades o núcleos rurales, que superan así barreras, antes infranqueables, para colocar sus productos en el mercado.

Un problema de envases

Mientras las directrices europeas ponen coto al empaquetado indiscriminado de productos, con el foco especialmente puesto en las bolsas de plástico, el comercio electrónico parece ostentar patente de corso. Porque todo viene embalado en cajas o en plásticos. Sea cual fuere el artículo. No obstante, la hoja de ruta de la Unión Europea va por otros derroteros. Hay que poner fin al despilfarro que suponen los envases de usar y tirar. O se recicla, o se paga. A 800 euros la tonelada. Porque el principal problema no es el plástico y los residuos derivados de los paquetes, sino cómo se gestionan. Y es en este punto donde más peso tiene el consumidor final; está en sus manos la separación de los residuos, primer eslabón de la cadena de reciclaje. Cartón al azul y envases al amarillo. Eso no lo cambia el comercio electrónico.

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