Día Mundial de la Educación Ambiental, 50 años de compromiso con el planeta

Desde los primeros pasos de concienciación social en 1968 a la actual disciplina con un objetivo diáfano: un mundo más justo y sostenible


«Se trata no tanto de sensibilizar como de comprometer, pues en las sociedades occidentales la población recibe información suficiente, pero no actúa». El experto Federico Velázquez de Castro, presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental, se refiere así al papel relevante de la educación ambiental en la sociedad actual, que el viernes, 26 de enero, celebra su Día mundial.

El futuro inmediato del medio ambiente depende, en gran medida, de acciones individuales. «En unos momentos en los que el mundo atraviesa una preocupante crisis ambiental, la educación se convierte en un instrumento imprescindible para la sensibilización de los ciudadanos y como acompañamiento a las medidas legislativas y de gestión», subraya Velázquez de Castro.

La hoja de ruta para afrontar estos retos fue aprobada en el 2015 por la Asamblea de Naciones Unidas. Se trata de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (ODS20130), que reúne 17 objetivos que deberían alcanzarse a comienzos de la década de los años 30 y que abarca cuestiones directamente relacionadas con el entorno natural, como el agua y los ecosistemas marinos y terrestres, y otras vinculadas a aspectos socioeconómicos, como la pobreza, la igualdad y el trabajo digno, que buscan lograr que las sociedades avancen de forma sostenible.

Más allá de la legislación

La necesidad de participar en la protección y conservación del medio ambiente obtiene consenso entre la población, pero hay ciertas acciones que la legislación no suele alcanzar, como el consumo, el transporte, la vivienda y la alimentación.

Con la celebración del Día Mundial de la Educación Ambiental se pretende dar proyección a la actitud responsable, que fomente el ahorro y la eficiencia en los hogares, con especial atención a la climatización, la iluminación y la gestión y la compra de electrodomésticos. Y es que el propio concepto de educación ambiental ha evolucionado a lo largo de los años y ha pasado de ser un asunto de expertos a convertirse en una idea que nos abarca a todos y que busca fomentar el desarrollo sostenible y educar para la sostenibilidad.

La movilidad sostenible es otro aspecto en el que se hace hincapié para desterrar malos hábitos que ni benefician al entorno ni a la propia persona. ¿Cómo incentivarla? Velázquez de Castro destaca medidas que fomenten caminar, el uso de bicicleta, el transporte público o, «en último caso», el coche compartido, aunque el escenario ideal sería la elección de modelos con el menor impacto ambiental posible.

La alimentación tiene mención especial dada su incidencia directa en la población y, por extensión, en su entorno inmediato. Los expertos aconsejan incorporar «alimentos de proximidad, de temporada y ecológicos» y frenar el consumo de carne de procedencia animal. Y abundan en cuestionar el consumo «sabiendo mantener los bienes y estableciendo posiciones críticas ante la publicidad y la moda, disfrutando con los valores que verdaderamente satisfacen y no con sucedáneos, como el sistema pretende».

La educación ambiental focaliza también sobre empleos útiles y sostenibles. Quizá la más utópica de las propuestas. «Una sociedad justa -asegura Velázquez de Castro- debe estar construida con empleos constructivos donde cada persona conecte con su verdadera vocación». Lo ejemplifica con un puesto de ingeniería para la fabricación de minas antipersona: «Recibirá unos considerables ingresos y gozará de una buena posición social», pero «¿gastar la vida en un oficio que acarreará sufrimiento y muerte merece la pena?». Los principios éticos parecen los únicos paliativos ante esta difícil empresa.

Medio siglo de cambios

El enfoque ha ido cambiando de perspectiva desde los primeros pasos de la educación ambiental, cuya fecha de inicio se suele establecer en 1968, hace 50 años, en el marco de varios movimientos surgidos a nivel global. Así, de la visión enfrentada entre el ser humano «nocivo» para la naturaleza, se ha ido tornando en la idea de una convivencia mutua, inevitable, que debería consolidar, precisamente, a la Humanidad como gran valedora del medio ambiente.

Velázquez de Castro aboga por «la frescura de una disciplina innovadora, actualizada y crítica, que sepa distinguirse por su eficacia para transformar hábitos y suscitar ideales, que movilicen hacia un mundo más justo y sostenible».

Los países del norte, especialmente Dinamarca, han sido lo principales impulsores del debate sobre los programas de educación ambiental, una materia que, en síntesis, persigue inculcar los valores para alcanzar estilos de vida más dignos y responsables, aunque implique «contención y decrecimiento en el norte y desarrollo equilibrado en el sur», algo que chirría ante el modelo económico actual. Cerrar los ojos no es la solución. Y prevenir -según un estudio realizado por el economista Sir Nicholas Stern por encargo del gobierno del Reino Unido- sale mucho más rentable, a todos los efectos, que curar. De ese informe sobre la economía del cambio climático se desprende que el 20 % de los daños económicos mundiales se reducirían a 1 % en gasto en materia de prevención. Ese último modelo basado en la sostenibilidad y no en la codicia será terreno baldío si no se siembra con la conciencia, la reflexión y el compromiso que se ruega con altavoz particular el 26 de enero, Día Mundial de la Educación Ambiental.

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