¿Tiene mi móvil fecha de caducidad?

Una bombilla de luz tenía una duración certificada de 2.500 horas en 1911. Cien años después este tiempo se ha visto reducido a la mitad. Si esta afirmación es una simple casualidad o detrás de ella existe una estrategia empresarial es un misterio para muchos. Los productos de consumo son sospechosos de obsolescencia programada y el caso de las baterías de Apple así lo demuestra.


Hace unas semanas Apple pedía disculpas a sus clientes. Su forma de gestionar el rendimiento de los iPhone con baterías antiguas y, sobre todo, el modo en el que habían «no comunicado» el proceso estaban recibiendo muchas críticas. Algo que elevó el nivel de confusión en torno a un tema que desde hace años ronda a los productos de consumo, en especial a los tecnológicos: la obsolescencia programada. Una práctica ilegal, irresponsable con el medio ambiente y que promueve el consumo, cuyo objetivo es que los clientes compren un nuevo producto para sustituir al obsoleto, inútil o que ya no funcione tan bien como el primer día. Los fabricantes pueden calcular de antemano y planificar el momento en el que se volverá inservible. Y esto no es una leyenda urbana.

En el caso de Apple, si bien no se ha demostrado que haya practicado esta táctica empresarial, sus productos son conocidos precisamente por ofrecer unas duraciones superiores a la media y muchos de los usuarios de la marca se vanaglorian de poseer equipos informáticos de más de 10 años que siguen cumpliendo a la perfección. Por eso mismo no encajan las acusaciones que algunas fiscalías como la de Francia han lanzado sobre la marca californiana.

El error de Apple parece centrarse en la falta de comunicación con sus usuarios. Decidió de forma unilateral instalar un sistema, en los modelos de iPhone con más de dos años, que permitiese analizar el estado de la batería y disminuir la capacidad de procesamiento en algunos momentos en los que el dispositivo corriese el riesgo de apagarse y dejar colgado al usuario. Al ralentizar el funcionamiento, la batería duraría más tiempo y pensaba Apple que el usuario estaría feliz. Nada más lejos de la realidad.

Las redes sociales comenzaron a recibir quejas de usuarios que notaban cómo sus iPhone ya no iban como antes y las críticas arreciaban en los momentos en los que se anunciaba o salía a la venta un modelo nuevo del dispositivo. Las conclusiones de los usuarios, incluso de los más fieles, eran demasiado evidentes: Apple hacía más lentos los dispositivos viejos para que todo el mundo apurase la compra de los nuevos. Tampoco esta parecía ser la realidad. Si creemos a Apple, tan solo estarían cuidando de la experiencia de uso. Lo peor es que se olvidaron de indicar de forma transparente la práctica de protección que estaban llevando a cabo.

Tras reconocer lo que estaban haciendo, desde Apple tomaron un par de decisiones que por supuesto tampoco gustaron al público, sobre todo la primera: ofrecer durante unas semanas una reducción del precio de la batería de recambio para los modelos de iPhone afectados (iPhone 6, 6S y SE) para que todos los propietarios tuviesen fácil la decisión de cambiarla y experimentar de nuevo la sensación de los primeros días de uso. La segunda decisión ha obtenido mejor crítica y es que en este año 2018 el sistema operativo de los iPhone, iOS, incorporará varias funcionalidades que permitirán analizar el estado de la batería en cada momento y decidir la configuración de la potencia permitida para los equipos por parte del usuario. Información y transparencia, esto es justo lo que los clientes exigen y Apple no supo entender en un primer momento.

En medio del torbellino también apareció la sombra de la obsolescencia programada. En general las conclusiones no indican mala fe por parte de Apple, pero el olor a difamación es difícil de eliminar por muchos lavados de cara que se hagan. La versión de sistema operativo con las mejoras relativas a la información de la batería no acaba de llegar a los dispositivos y además Apple ha indicado que piensa seguir utilizando su método de ajuste de capacidad de los equipos cuyas baterías tengan una vida útil mermada.

Según un estudio del Eurobarómetro de la UE, el 77% de los ciudadanos miembros preferirían reparar sus equipos antes que comprar otros nuevos; sin embargo en los últimos años han tenido que reemplazarlos o desecharlos porque el coste de las reparaciones no los ha animado a arreglarlos, o bien porque el nivel del servicio técnico no era el adecuado.

Tres medidas

Ante estas cuestiones, desde el Parlamento europeo se han propuesto luchar contra las actividades próximas a la obsolescencia programada. Algunas de las medidas, que están pendientes de ser aprobadas por el Consejo de Europa, exigirán a los fabricantes que las baterías sean fácilmente extraíbles y reemplazables, evitando así no solo las dificultades para los usuarios, sino también aportando una oportunidad de cuidar el medio ambiente, que corre riesgo de saturarse con tanta basura tecnológica. También los servicios técnicos recibirán un correctivo y es que las garantías se verán ampliadas en sus períodos de vigencia si durante la reparación los dispositivos tienen que permanecer más de un mes en el taller correspondiente

Por último, se promoverá una etiqueta europea que destaque los productos de fácil reparación frente a los que ofrecen dificultades, con el objeto de motivar a los fabricantes hacia el diseño responsable de sus productos.

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