­Prosumidores, el producto eres tú

Internet y la cultura digital han generado un nuevo modelo de economía basada en el «prosumidor». Prácticamente todos somos prosumidores, pues somos consumidores y productores a la vez cuando colgamos una foto en Facebook o Instagram. Los autores debaten ahora sobre si la audiencia que trabaja gratis debe cobrar algo.

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El prosumidor se ha convertido en el motor de la nueva economía de Internet y ahora nadie lo va a dejar escapar. Es como si el cliente que va a comprar un coche saliese de la fábrica con una bolsa de tornillos para ensamblar la carrocería en su casa. El primero en dar la alarma fue George Ritzer en su libro La McDonalización de la sociedad, publicado en 1993. Descubrió que ciertos negocios de comida rápida habían encajado al cliente dentro de la cadena de montaje y le estaban trasladando parte del trabajo (como servirse su propia comida a la mesa o tirar la basura) sin compensarlo. El consumidor esperaba largas colas para ser atendido y, si hacía cuentas, le salía mejor comer en casa.

Este sistema de trasladar el trabajo al cliente se ha generalizado en la era digital. El sociólogo Alvin Toffler abordó el asunto del cliente-currante en su libro La Revolución de la Riqueza (2006). Predijo que pronto los hogares imprimirían en 3D sus propios productos. Vio que el consumidor clásico era reemplazado por el cliente que salía de la tienda y montaba el mueble en casa. La era digital permitía al aficionado con cámara digital retocar y revelar sus fotos. Se perdían empleos pero era el precio del progreso. Pero Toffler vio un efecto perverso: los prosumidores gastaban tiempo de su ocio para trabajar gratis para el fabricante a cambio de nada. Estaban desplazando al consumidor una parte del coste de las horas de mano de obra.

Ese mismo año Facebook empezó a reclutar amigos. Una década después roza los 2.000 millones de usuarios que suben fotos, comentarios, votan me gustas y comparten eventos sin generar derechos de autor. La Wikipedia moviliza a miles de voluntarios que pasan noches editando entradas. Las plataformas de Internet han montado un negocio a base de exprimir la colaboración y los datos de sus usuarios. Un autor concluyó: «Si no estás pagando por algo, entonces es que tú eres el producto que se vende».

Guy Standing, en El precariado (2011), advierte que «ha surgido un tipo de trabajador que cobra un sueldo miserable y trabaja más de la cuenta de forma intermitente y sin aspirar a mejorar su categoría ni obtener un empleo de por vida». Autores posteriores incluyen a los colaboradores de Internet dentro del precariado. El ejemplo: un aficionado oferta sus fotos en una web, gana calderilla y expulsa del mercado a los profesionales. Jaron Lanier, en ¿Quién controla el futuro? (2013), propone como solución «monetizar» Internet y que cualquier producto subido a la Red, incluidos los datos personales, generen micropagos y creen una clase media.

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