Habilidades del siglo XX

Lo que antes resultaba tan simple como recordar el número de casa, el de la oficina o el de los abuelos, ahora es casi tarea imposible. El uso de la tecnología ha puesto en riesgo muchas aptitudes que teníamos. Aquí hacemos un repaso de algunas de ellas

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Recordar números de teléfono puede parecer la habilidad más obvia que estamos perdiendo cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de que nuestra cabeza parecía un listado de teléfonos y no teníamos que tirar de la agenda de contactos del móvil o el email. Poco se usa ya también el gran listado de Páginas Amarillas, que se renovaba cada año y donde buscábamos la dirección del veterinario más cercano, el teléfono de la mueblería o de otro negocio.

Pero si nos ponemos a hacer un listado podemos hablar de hasta de diez aptitudes y habilidades que están de capa caída en plena era de usos tecnológicos. Por supuesto, hablamos de cálculos matemáticos básicos, llevar a la tienda el carrete de fotos para hacer copias impresas, abrir en el coche mapas de papel, tener enciclopedias en el salón de varios tomos y enviar cartas a ese amigo o familiar al que no veíamos con demasiada frecuencia.

Con la expansión del uso de los pagos con tarjeta de crédito, e incluso directamente con el móvil, ya no queda ni rastro de las generaciones más jóvenes contando la calderilla que habían ahorrado con mimo en una hucha. Tampoco queda ya la costumbre de ayudar a los más mayores a contar el suelto que tenían en las carteras. Eso conlleva la pérdida de la habilidad de contar rápido y saber dar bien las vueltas.

Un caso similar ocurre cuando llega la factura en un restaurante y hay que dividir entre varios comensales. Aunque la cifra pueda ser un múltiplo de cinco y la división de lo más simple: ¡Qué levante la mano el que empezó a calcular mentalmente y al final tiró del móvil para usar la calculadora! Y qué decir de las partidas de cartas o de Scrabble, cuando llega la hora de sumar puntos y no hay ningún valiente sobre la mesa que se decida a hacer la operación a lápiz y de cabeza.

La facilidad a la hora de tomar fotos a cada momento, cada vez que algo nos llama la atención o haciéndonos un self?i para recordar que hemos estado en tal sitio o en aquel inolvidable concierto, va también pareja a la habilidad que tenían muchas personas para hacer álbumes familiares anuales o cada vez que íbamos de vacaciones. Los que consiguen hacerlo, bien podrían ganar un premio a la constancia.

Otra escena que se ha perdido es la apertura de grandes mapas en papel en los vagones del tren, al volante de un coche o en las calles más turísticas de las ciudades más visitadas. Si bien antes la gente llevaba un inseparable callejero o mapa de carreteras, ahora la mayoría tiramos por el uso de la app GPS del móvil o la tableta. Para muchos es impensable echar mano de una brújula o tener que estar en la calle discerniendo dónde está el norte para poder orientarse sobre un mapa.

El uso de expresiones como «búscalo en Google» o «consulta la entrada de la Wikipedia» implican también el adiós a los grandes tomos de las enciclopedias que ocupaban varias estanterías de nuestro salón. A ellas acudíamos a consultar si teníamos que hacer un trabajo para el colegio, cuando nos apasionaba la historia o queríamos saber más sobre un país. El acceso al conocimiento es ahora más fácil en Internet, pero también implica que se hayan perdido los métodos de búsqueda en material bibliográfico y de consulta tanto en casa como en una biblioteca.

Otra aptitud que se resiente es la de aprender idiomas. Con herramientas tan sofisticadas como los traductores instantáneos en línea y micrófonos que son capaces de hacer una traducción bastante decente de lo que se necesita, muchas personas se vuelven más vagas a la hora de estudiar otra lengua.

La costumbre de decir la hora o preguntar al que tenemos al lado ya no es necesaria. Los dispositivos digitales nos dicen la hora en todo momento, pero eso no quiere decir que tengamos un control y distribución del tiempo más inteligente que el que teníamos antes.

En un lugar similar se encuentra la vieja costumbre de mandar cartas. Pocos son los que saben el valor del sello que necesita una carta para ser enviada a Madrid o Londres. Y la tradición de mandar postales de los lugares que visitamos es ya poco más una tarea que se deja solo para los coleccionistas.

Cambios

1. Horarios en estaciones. Con el aumento de las aps para consultar los horarios del transporte público, pocos son los que miran las tablas colgadas en las paredes de las estaciones.

2. Ligar a la vieja usanza. Lo de guiñar el ojo o empezar una conversación en un bar a la búsqueda de pareja queda ahora reservado a aplicaciones como Tinder, que además son anónimas.

3. Ni a mano ni a máquina. Escribir a mano un texto parece ya casi imposible, ni siquiera la lista de la compra, que muchos ya guardan en una nota en el móvil. Es otra habilidad en declive.

4. Desastrosa ortografía. Y qué decir de las faltas de ortografía, el uso automático del corrector nos hace olvidar si usar la b o la v, o si va con h o sin ella. Cada vez escribimos peor.

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