Cuando jugábamos con coches

EXTRAVOZ ON

NICOLAS ZWICKEL

11 dic 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Llevamos mucho tiempo hablando en este ON Motor de la transformación que está sufriendo el automóvil y que pasará a la historia como la más profunda desde que este vehículo sustituyó al caballo como protagonista de la movilidad personal.

Hablamos de aspectos como la descarbonización, que nos empuja en brazos de la movilidad eléctrica, tan incierta como efímera tal y como la entendemos ahora, a golpe de baterías y litio.

Pero también hablamos de cambios en la propia sociedad, en la que el automóvil parece tener cada vez menos importancia. Cuando hace décadas los jóvenes se convertían en adultos y accedían a su primer empleo, lo primero en lo que se pensaba era en la casa y en el coche. Conseguir ambas cosas representaba adquirir un estatus, convertirse, en definitiva, en personas integradas en la sociedad.

La situación de los jóvenes ha cambiado tanto que la mayoría ya no contemplan ninguna de las dos posibilidades (ni casa, ni coche), al menos como propiedades.

Las nuevas formas de acceso al coche, para el que lo necesite, implican desde alquileres anuales (renting) a accesos por minutos a una flota de coches disponibles junto a las aceras en las propias ciudades (carsharing), que muy pronto veremos también en las urbes gallegas más grandes. No faltan tampoco los modos de compartir (bla bla car), impensables hace solo un par de décadas, donde ya el autostop, que era la versión antigua, había caído en desgracia.

En estos días que preceden a las Navidades y Reyes, con esas cuatro figuras entrañables para los niños que son Papá Noel, Melchor, Gaspar y Baltasar, sin orden de preferencia, los catálogos de juguetes de los grandes almacenes sugieren a los más pequeños el guion de sus cartas para los magos de oriente o el gordinflón finlandés. Los niños utilizan sus juegos y juguetes para ensayar lo que quieren ser como adultos. Así juegan con maletines de médico, con disfraces de superhéroe o con bloques de construcción, pero cada día hay menos juguetes de coches. Hace cincuenta años llegó el Tiburón Citroën, dirigido en aquel entonces a través de un cable, y fue el primer coche que algunos manejamos. También había garajes rudimentarios en los que muchos niños descubrieron su vocación por la compra y venta de automóviles. Una década después llegó el gran juguete de coches de carreras, el Scalextric, que nos daba el poder de sentir en la punta de los dedos la sensación de velocidad a través de un mando y también el riesgo de pasar las curvas a mucha velocidad cuando nuestro Mini o el Porsche 917 se precipitaban contra las vallas de la pista o se caían al suelo desde la mesa del salón. Con la llegada de la era virtual abandonamos el Scalextric por las videoconsolas y sus trepidantes juegos de simulación, ya fueran de ralis, de circuitos o de callejeos con persecuciones.

Pero, poco a poco, el automóvil pierde interés como juego entre los niños y los jóvenes, en una muestra más de lo que hablábamos al principio. Si los niños no juegan con coches, de adultos no querrán tampoco tener un coche. O no podrán tenerlo, que es todavía peor. Si así conseguimos salvar el mundo, sacrifiquemos el automóvil de combustión, enterremos el genial invento de Karl Benz. Pero me temo que no será suficiente.