Y al cine también se puede ir en coche


Nunca fuimos los españoles mucho de autocine. Primero porque no teníamos autocines y muchas veces porque tampoco teníamos coche, así que esas escenitas de las pelis americanas en las que se veía a las parejitas ñoñas haciendo manitas en el coche o comiéndose unas palomitas mientras veían una peli de John Travolta, en España las transformábamos en tardes de sábado en cines de sesión continua, las sempiternas pipas Facundo y la peli de Pajares y Esteso o de Landa.

Pero he aquí la dichosa pandemia que cambia nuestros hábitos y de repente en España hemos redescubierto el autocine de nuevo. Autocines modernos donde el audio se puede escuchar incluso a través del equipo de sonido del coche y donde las pipas se sustituyen por una racion de sushi, que es lo que ahora está de moda.

Pero lo importante es que el coche sirve para una nueva actividad que viene a demostrar que le hemos cogido apego de nuevo al vehículo de cuatro ruedas, aunque sea humeante y con quince años de antigüedad. Y es que no están las cosas para salir de paseo por las calles abarrotadas, o para ir en transportes públicos de cercanía atestados.

El coche nos vuelve a dar seguridad, independencia, privacidad y autonomía y esa es la mejor noticia. El coche vuelve a ser compañero, colega, cómplice. Y no solo vamos al autocine encantados.

También me cuentan muchos amigos que desde que terminaron las restricciones y nos podemos mover por las cuatro provincias gallegas les apetece mucho redescubrir Galicia por sus carreteras. Que el paseo en coche, acompañados de una puesta de sol o una música agradable en la radio, les sirve de bálsamo, de terapia. Y eso se empieza a notar en pueblos de la Ribeira Sacra, de la Mariña lucense, en los Ancares o en Pedrafita. La gente ha vuelto a la carretera como terapia, redescubre la libertad que nos habían robado haciendo kilómetros, volviendo a los lugares donde habían veraneado de pequeños, yendo de nuevo a las aldeas de los abuelos, volviendo a aquella montaña que habían subido de jóvenes o acercándose a la playa donde aprendieron a nadar una hora y media después de comer, no sea que la digestión se corte.

Ahora que se ha puesto de moda en Galicia descubrir el mejor banco del mundo, con las vistas más espectaculares, nos empezamos a dar cuenta de que el asiento de nuestro coche es ese mejor banco del mundo porque nos permite reconocer mil paisajes en un día.

Y así es. Los primeros días de desescalada descubrimos la bici, la sacamos del trastero envuelta en polvo y nos tiramos como locos a las calles a pedalear, a sentir que todavía respirábamos y que nuestros músculos funcionaban, pero, pasados aquellos días, ahora es el coche el que nos sirve para sentir que estamos vivos. Y que por mucho que algunos digan que el futuro de la movilidad es el transporte colectivo, nosotros sentimos que estamos vivos al volante de nuestro coche, escuchando el ronroneo del motor, que es el ronroneo de la libertad, del voy a donde quiero, cuando quiero y con quien quiero. Eso es el automóvil.

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Y al cine también se puede ir en coche