Una catacumba inesperada

En este pasadizo construido bajo la ciudad de Nápoles duermen desde hace más de medio siglo 50 vehículos que fueron confiscados por la policía tras la Segunda Guerra Mundial. Varios Fiat, Opel o un Plymouth americano, además de diversas motocicletas, siguen encapsulados en el tiempo en este singular túnel reconvertido desde hace poco en museo.


Con un 100 % de humedad en algunos puntos, este túnel no resulta el mejor lugar para estacionar un vehículo. Sin embargo a las autoridades napolitanas, tras la Segunda Guerra Mundial, no les importó demasiado, sobre todo sabedoras de que casi todos ellos eran vehículos confiscados. Desde pequeñas motocicletas hasta un lujoso Alfa Romeo 6c descapotable, pasando por utilitarios económicos, fueron acumulados en este peculiar garaje excavado en roca volcánica. Muchos habían sido capturados a traficantes de tabaco; una práctica muy extendida debido a la gran demanda de este producto tras la guerra como símbolo de estatus. Muchos de aquellos vehículos portacigarrillos acababan sus días en esta despensa municipal, cuya entrada oeste, situada a nivel de calle, era ideal para el acceso rodado. Un uso, el de garaje, que nada tenía que ver para el que fue construido.

Este gran pasadizo de 430 metros de largo, recto y sin apenas desniveles, salva el promontorio donde se asienta el casco histórico de la ciudad de Nápoles. Fue mandado construir por el rey borbón Fernando II en 1853, con el fin de servir como enlace subterráneo estratégico entre el cuartel de caballería y el palacio real. Una conexión muy útil en caso de asedio militar. Servía tanto de apoyo militar como de vía de escape de la realeza.

RED DE CUEVAS NAPOLITANAS

Este túnel pertenece a una gran red de cuevas, pasadizos y almacenes de agua que desde el siglo III antes de nuestra era se fueron excavando en el subsuelo volcánico. Este material poroso y no muy duro resultaba fácil de excavar y trabajar, por lo que en aquellos primeros momentos de nuestra era fue extraido como material constructivo. Ya con la época romana, estas cavidades bajo el suelo sirvieron de contenedores de agua potable. A lo largo de los siglos toda esta trama de cavidades subterráneas fue aumentando en miles de metros. Es en el siglo XVI, momento en que se duplica la población de la ciudad, cuando se realiza la gran ampliación de la red, con nuevas cisternas y acueductos para el suministro de agua potable. Hoy en día, según los estudios, el subsuelo napolitano cuenta con más de 800 huecos conocidos, con un total de 6 millones de metros cuadrados de material rocoso extraído.

DE BÚNKER A GARAJE

Volviendo al únel Borbónico, denominado así por quién lo mandó construir, resultó ser una obra compleja desde el principio debido a problemas de asentamiento. La conexión con cavidades ya existentes a distintos niveles dificultaba la estabilidad del terreno, obligando a su consolidación mediante arcos, puentes o muros. Estos problemas, unidos a la caída del régimen con la muerte del rey, en 1859, hizo que el túnel quedase sin finalizar completamente. Tras más de 50 años casi abandonado, cobra de nuevo protagonismo en 1939, como un búnker eficaz contra los bombardeos ingleses durante la Segunda Guerra Mundial. En los más de tres años de ataques aéreos se cree que en algún momento pudo dar cobijo a más de 10.000 personas a la vez. Tras el conflicto se utilizó como garaje municipal de incautaciones, en el que además de vehículos se llegaron a almacenar todo tipo de materiales como fuentes de mármol, escudos de armas o bajorrelieves. Con el tiempo se cerró, quedando este espacio casi en el olvido. Durante años pasó a ser una especie de vertedero de escombros, en el que solo algunos curiosos primero y espeleólogos más tarde llegaron a entrar desde diferentes accesos de la gran red subterránea. No es hasta finales de los 90 cuando se toma conciencia histórica de lo que puede significar este patrimonio para la ciudad, comenzando así una labor de revitalización de este espacio a todos los niveles, con su limpieza y desescombro. Labores que sufrieron diversas interrupciones hasta que finalmente se abre al público el Museo Tunel Borbónico, en el 2010, como un punto de atracción turística original.

SUPERVIVIENTES DE CHAPA

Quince automóviles, una veintena de motocicletas, un camión y numerosas bicicletas engrosan este parque móvil, ahora inmóvil. Según el director del museo, señalando un Plymouth sedán de 1942, «ya no se hacen chapas como las de antes». Cuenta que se lo encontró bajo grandes bloques de mármol y aunque su techo no aguantó, los laterales apenas sufrieron deformación. Otra de las sorpresas que el visitante se encuentra es el chasis de un camión, de lado y girado, encontrado en esta posición tras retirar los escombros. No podían faltar los populares utilitarios italianos como un Fiat Balilla de los años 30 o varios 1400. Un Fiat 1100, utilizado como taxi todavía muestra su pintura de trabajo.

También se deja ver en esta catacumba inesperada un Fiat 600 (igual a nuestro Seat 600) de principios de los 60. Numerosas motos y escúteres como vespas y lambretas, ya irrecuperables por su avanzado estado de deterioro, se suman a esta colección atípica. Varios colosos americanos procedente de personal militar extranjero están aparcados en alguna esquina de este corredor. Todos ellos con la pátina de óxido y corrosión que años de humedad han plasmado en sus superficies. Aunque, según el museo, se realizan periódicamente labores minuciosas de preservación para detener su avance.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos
Comentarios

Una catacumba inesperada