Un coche para Greta


Greta Thunberg, la juvenil activista medioambiental sueca, quiere salvar el mundo. En ello ha puesto su empeño y no está dispuesta a retroceder. Como buena vikinga no le importa atravesar el océano, primero hacia América y después, cuando le cambian la sede de la cumbre del clima de continente, de vuelta a Europa cruzando el Atlántico Norte, que a estas alturas del año solo depara olas enormes y poderosas borrascas de viento y lluvia. Lo curioso de Greta es que su conciencia ambiental no le permite viajar en avión, que ya se sabe que contamina mucho, así que lió a una pareja de colegas que tenían un catamarán y se lanzaron a la aventura, que había prisa por llegar a Madrid. Esta semana atracó en Lisboa una Greta que traía la cara algo demacrada, no sé si su credo medioambiental también le impide tomar Biodramina y se notaba que había echado hasta la última papilla en el proceloso Atlántico. Pero las vicisitudes de una activista medioambiental en este siglo XXI no acaban ahí. A pesar de cruzar el Atlántico a vela, con emisiones cero, si exceptuamos la entrada a motor hasta la Torre de Belem, el trayecto entre Lisboa y Madrid no estaba exento tampoco de complicaciones.

Greta no viaja en coche, ni en moto, ni en autobús si utilizan motores humeantes que dejan el rastro de CO2 en la atmósfera.

Algún iluminado político le ofreció un coche eléctrico para realizar el trayecto con emisiones cero, pero entre ambas capitales ibéricas la distancia supera los 600 kilómetros y el viaje en coche eléctrico, sin cargadores rápidos, que en España son más escasos que el agua en el Kalahari, sería un horror, con paradas infinitas que podrían resucitar en la aguerrida Greta el vómito atlántico. La otra opción, la del tren, tampoco vayan a creer que le chistaba a la joven, porque la línea electrificada no completa el recorrido entre las dos capitales ibéricas y un tramo habría que hacerlo con una humeante locomotora movida a gasoil.

Y es que no es fácil la vida de Greta. Ser activista ambiental y combatir el cambio climático tiene tela.

Lo de Greta es un ejemplo, pero como Greta, aunque con menos cámaras y boato, hay cientos de jóvenes, digo jóvenes y no tan jóvenes, que intentan reciclar, usar menos plástico y emplear medios de transporte más limpios, pero no lo tienen fácil.

Los coches eléctricos son caros, muy caros, y el transporte público sigue dependiendo del carbón o de los combustibles fósiles.

Por eso esta semana hemos visto una buena noticia medioambiental protagonizada por el coche que vemos en la foto y por un intrépido aeronauta suizo, llamado Bertrand Piccard, que ha instaurado un nuevo récord mundial en Francia al recorrer 778 kilómetros sin repostar y con emisiones cero. ¡Ay, si Greta pillara este coche!, se hubiera puesto en Madrid en un plis plas y sin un gramo de CO2. El récord se ha conseguido con un coche eléctrico que no hace falta conectar a ninguna red eléctrica, ya que la energía que necesita la saca del hidrógeno que lleva en su depósito y que por un proceso electrolítico se convierte en corriente eléctrica expulsando solamente vapor de agua, inocuo para la atmósfera. Porque, en un momento en el que se habla tanto de coches eléctricos, sin que muchos cuenten sus limitaciones y los problemas ambientales de la producción y reciclaje de sus baterías, el hidrógeno puede ser la solución.

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