SOS automóvil, la Xunta tiene un plan


La Xunta de Galicia anunció esta misma semana un plan de ayudas para reactivar la venta de automóviles nuevos. Confieso que, cuando me enteré de la noticia, sentí miedo, porque cada vez que los políticos de este país tratan de arreglar lo del automóvil, acaban fastidiándolo. Cuando comencé a leer los detalles del plan de la Xunta me sorprendí. Incluso tuve que hacer una segunda lectura, porque pensé que no había leído bien. Y es que todos los detalles del plan estaban bien pensados, eran los adecuados.

Hombre, por ponerle una pega, podría tener una dotación algo más alta que esos 1,1 millones de euros, pero tiempo habrá para ampliarlos. Ese millón cien mil irá destinado a la compra de 2.000 vehículos nuevos con un precio no superior a los 40.000 euros (nada de lujos), y a cambio habrá que achatarrar un coche con más de diez años de antigüedad, que pertenezca al mismo propietario que compra el nuevo y que además esté en uso (con la ITV pasada), para evitar fraudes comprados en chatarrerías para la ocasión. Hasta ahí todo bien. Pero mi pasmo se convirtió en mayúsculo cuando leí que además la Xunta limitaba los coches nuevos que se acogen a este plan a vehículos con motores de gasolina o diésel con emisiones de menos de 120 gramos de CO2 por kilómetro. Impecable. Es un plan perfecto, aunque tiene matices como que la mitad de la subvención la aportan los propios concesionarios que vendan los vehículos. Y es un plan valiente que apoya por igual al diésel que a la gasolina, los híbridos o eléctricos. El injustamente denostado diésel se tiene en cuenta, sin hacer concesiones a la galería como han hecho otras comunidades y el propio gobierno central en sus chapuzas sobre la transición energética.

Lo cierto es que los políticos no tienen el don de la infalibilidad, pero cuando no saben deben preguntar a los expertos y asesores. Y en este caso el plan se ha hecho bien porque los concesionarios de automóviles gallegos estaban detrás, indicándoles a los políticos lo que necesita el sector en nuestra comunidad. Y en este caso encontraron políticos con mentes abiertas y sin afanes populistas. Pragmatismo por encima de exhibicionismo.

Y nada hace dudar que el plan será un éxito, que los cupos se cubrirán en apenas unos días de ponerse en vigor, el próximo 24 de julio, y que supondrán una inyección de ventas para una red gallega cuyos concesionarios acusan un bajón alarmante de matriculaciones, mayor que en el resto de España, desde que hace unos meses a alguna iluminada con ministerio se le ocurrió poner veto al diésel, demonizándolo.

Es un plan que tiene más que ver con el que ya se puso en práctica en el País Vasco que el que pretenden instaurar en Baleares, otra iluminación más que quiere borrar de un plumazo los coches de combustión en el entorno del 2025. ¿A eso le llaman transición energética?

¿Será tan difícil entender que el problema de las emisiones de automóviles en España es el de un parque móvil envejecido, donde los coches con diez, quince o veinte años de antigüedad (fíjense en cuantas placas con prefijo provincial ven rodando todavía por nuestras carreteras) contaminan diez veces más que los modernos, sean de gasolina o diésel?

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