Seat 1430: cuando los coches olían a gasolina


Volver a conducir un Seat 1430, el buque insignia de la marca española desde 1969 a 1981, fue una experiencia enriquecedora. La primera sensación al subirse al coche y ponerlo en marcha es la del olor a gasolina, algo propio de los coches con carburadores y que ahora con la inyección ha desaparecido.

La segunda sensación es la de tomar el volante, un fino aro de gran diámetro con la única multifunción en su interior de un claxon. Y esa sensación se acrecienta con los primeros giros, a baja velocidad, donde la asistencia brilla por su ausencia y hay que sacar músculo para mover la dirección. A partir de ese momento ya recuperamos sensaciones al volante de una de las joyas del museo de Seat, que se conserva impecablemente y que rueda como si acabase de salir de un concesionario de los años 70.

En el siglo XXI exigirle prestaciones a un Seat 1430 nos parece un sacrilegio, pero los que somos talluditos nos acordamos de que el motor de este coche se montaba en los monoplazas de carreras de la Fórmula 1430. Es cierto que este motor fue pluriempleado en modelos como el 124, 131, 128, el Sport 1430, el Ritmo o el Ronda y el Fura, hasta 1982. Incluso tuvo evoluciones denominadas FU de 1600 y 1800 con 95 y 118 caballos de potencia, respectivamente. Con estos motores, los 124D Especial 1800 de Antonio Zanini y Salvador Cañellas hicieron historia en el Rallye de Montecarlo de 1977 al acabar tercero y cuarto sobre la nieve frente a los mejores deportivos del mundo, como el Lancia Stratos de Sandro Munari. Seat se apuntó a la épica con aquellos coches.

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