¿Y qué hacemos con los patinetes?


Recuerdo que de niño, un año los Reyes Magos me trajeron de regalo un patinete. No era mi regalo preferido porque en aquel momento ya estaba abducido por la magia del Scalextric y mi sueño era una bici Orbea de color naranja, con la que culminaba mis ansias de movilidad a los ocho años. Así que el patinete, pasada la euforia inicial que duró seis días, quedó relegado al ostracismo en un oscuro rincón del trastero familiar.

El patinete nunca me pareció muy práctico frente a la bicicleta, por eso aún compruebo atónito cómo en las ciudades gallegas, al igual que en el resto de España y también en las capitales europeas, empiezan a proliferar los patinetes como medio de transporte. Y no se trata de estudiantes o jovencitos los que cabalgan sobre la plataforma con dos ruedecillas, sino de encorbatados ejecutivos y hasta alguna madre de familia que de paso lleva al peque al cole compartiendo plataforma. Por supuesto son patinetes eléctricos que pueden alcanzar velocidades de hasta 25 o 30 kilómetros por hora y que conviven por aceras, calles peatonales y centros comerciales, compartiendo espacios con paisanos y paisanas que caminan despreocupados, viendo escaparates, con niños sueltos jugando o con perros unidos a su dueño por una correa.

Y eso me da que pensar, porque cuando llegamos en coche o en moto a un centro urbano los conductores tenemos que hacer caso a una señalización que nos indica que en ese espacio debemos circular a 30, 40 o 50 km/h. Es lógico, adecuar las velocidades de los vehículos a la seguridad de los peatones que conviven en el mismo espacio físico.

Por eso me llama la atención la impunidad con la que los usuarios de los patinetes utilizan el espacio peatonal sin cortarse un pelo, a velocidades muy superiores a las del paso de peatones, y circulando como y por donde les da la gana. Me llama también la atención que lo hagan algunos usuarios de bicicletas. Y por encima de todo me sorprende que desde algunos ayuntamientos españoles se esté dando pábulo a esas conductas peligrosas, bendiciendo el uso del patinete como símbolo de modernidad y de ecología.

Y quiero que quede claro que no estoy en contra del uso de patinetes y bicicletas en el entorno urbano. De hecho, aquella soñada Orbea naranja ha dado paso a una «mountain bike» eléctrica con la que salgo de casa buscando, eso sí, la senda más cercana de la masa forestal que rodea mi ciudad. Pero salgo por la calzada, por donde circulan coches, motos y autobuses.

Pero no comprendo que bicis y patinetes se puedan usar por espacios compartidos con peatones sin adecuar su velocidad al paso de estos, e incluso obligándoles a echar pie a tierra en aglomeraciones. Tampoco entiendo que esos vehículos estén exentos de llevar ningún dispositivo que pueda identificar a su conductor, en caso de conflicto, ni de seguro de responsabilidad civil y daños a terceros. Cuando surjan los primeros accidentes, las primeras víctimas y los medios de comunicación se hagan eco de ellos, entonces ya habremos llegado tarde a la reglamentación.

Y vuelvo a decirlo, lo peor es que políticos irresponsables jaleen el uso de vehículos alternativos, sin normativizar.

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