El gas como tercera posibilidad

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En nuestra revista ON Motor de hoy repasamos la tecnología híbrida a base de gas, conocida también como bifuel, para reducir emisiones. Es una variante que en España todavía no se ha desarrollado tanto como en otros países europeos, pero que no para de crecer, casi tanto como las estaciones de servicio que ya distribuyen tanto el GLP como el GNC, los dos tipos de gas adaptados a los turismos.

A la hora de reducir emisiones para cumplir con las exigentes normativas europeas, los fabricantes se agarran a lo que pueden. Evidentemente la solución más positiva es la venta de vehículos eléctricos, con cero emisiones, que equilibran así la balanza de humos de la marca. Pero la tecnología del coche eléctrico, además de cara, no satisface a aquellos que quieren hacer largos trayectos.

Así que la segunda vía alternativa es la hibridación eléctrica. Es decir, ponerle a un coche de gasolina unas baterías más grandes que puedan alimentar motores eléctricos que sustituyan, o al menos disminuyan, el consumo del de gasolina. Es una vía a la que se han agarrado con fuerza marcas como Toyota y Lexus y otras que también confían parcialmente en ella.

A todo esto no hace falta decir que los fabricantes no desesperan en su investigación para tratar de reducir emisiones en sus motores convencionales, de gasolina o diésel, con éxito por cierto, gracias a catalizadores, inyecciones más sofisticadas, desconexión de cilindros, aligeramiento de pesos, o sistemas de micro hibridación, donde el empleo de baterías más poderosas propicia que en determinadas circunstancias ayuden a los motores de combustión.

Pero hay una tercera vía de la que les hablamos y esa es el gas. El gas ha llegado casi sin darnos cuenta, primero en el taxi, con adaptaciones de talleres que permitían acoplar una bombona de butano, pero en los últimos tiempos con coches que ya salen de las fábricas preparados para usar el gas como segundo combustible y que además repostan en surtidores de GLP o GNC que empiezan a hacerse hueco junto a los de gasolina o diésel.

Son coches con todas las garantías del fabricante y que además, cuando se prueban, sorprenden porque no hay nada que los distinga de los convencionales de gasolina, ni visualmente ni a la hora de circular con ellos. Ni ruidos, ni olores extraños, ni mucho menos falta de potencia. A su favor, que el combustible es más barato que la gasolina o el gasoil, que sus precios ya casi son paritarios con los del modelo convencional del que derivan, con más autonomía por su doble depósito y que, al final, no emiten ni tanto CO2 ni tanto NOx como sus hermanos de gama.

Así que hay que esperar que en los próximos años crezca su demanda como está creciendo la de híbridos y eléctricos y que las empresas energéticas se decidan a apostar también por ellos para que podamos disponer de una red de suministro adecuada en toda Europa.

En un momento en el que se habla mucho del alza de precios del petróleo, otra vez, que repercute en lo que pagamos por llenar el depósito, los coches de gas, con precios de combustible de momento más estables, pueden hacerse un sitio en nuestras carreteras y calles. Crucen a Portugal y compruébenlo.

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