La prueba: a los mandos de un Citroën Czero

Llevan tiempo suficiente como para hacerse  sitio entre los motores de explosión, pero todavía no han evolucionado lo suficiente como para captar clientes  ¿Será que los eléctricos arrastran soluciones poco convincentes?


Hace 100 años el automóvil eléctrico competía de tú a tú contra el de combustión, era más rápido, más limpio, más eficiente, pero ¿por qué desapareció? Por motivos económicos: resultaba cara su fabricación y fue condenado a dormir el sueño de los justos. Desde entonces, salvo raras excepciones como en los años 80 en California, es ahora cuando con más fuerza han reaparecido en el mercado para intentar quedarse definitivamente. Muchos fabricantes ofrecen entre sus filas modelos eléctricos que redefinen la sensación de conducir, pero ¿nos convence esta nueva tecnología?

Experiencia eléctrica

Probar un automóvil completamente eléctrico como, en este caso ha sido el citröen CZero, es una experiencia zen. Ponerse a los mandos de un auténtico vehículo de batería resulta aséptico. El ruido no existe o al menos suena a lo lejos, como un zumbido sordo cuando pisamos el pedal. Nos hallamos en estado de esterilización sonora, ni rastro de zonas de calor como en las tecnologías convencionales, ni de ruidos, ni de aceites. Todo se mueve de forma casi mágica. He cambiado el chip, no hay prisa, dejo que el vehículo casi levite. Los kilómetros van pasando, no existe la aceleración, sino la progresión, la urgencia pasa a serenidad, el querer llegar a querer disfrutar. Todo es placidez hasta que casi por casualidad miro el chivato de la carga de batería. No puede ser, me quedan dos rayitas de un total de 12 posibles y he conducido solamente 70 kilómetros. No es posible, paro y reviso la ruta seguida: del aeropuerto a la ciudad, una vuelta por el centro, un trayecto a las afueras y vuelta a la urbe, algo muy normal en los trayectos diarios de muchos conductores que viven en un área metropolitana. Bien, que no cunda el pánico, solo tengo una electrolinera cerca para recargar, y se encuentra a ocho kilómetros, creo. Aquella tranquilidad se transforma ahora en angustia. ¿Me quedaré sin batería? No utilizo ni la radio ni la calefacción (y eso que fuera hace frío), no vaya a ser que me reste batería y, por tanto, metros de autonomía. Voy en modo económico. Sí, una flechita en el cuentakilómetros me dice que si voy muy suave ahorro batería. Me adelantan pitando chirriosas furgonetas. Yo solo miro las dos rayitas del salpicadero. Quedan tres kilómetros y una rayita. Creo que una gota de sudor aparece en mi frente. Acaricio el acelerador con el pie y le digo cosas bonitas. Dos kilómetros, uno, llego a la estación de recarga. ¡Uff, qué alivio! Ha sido un mal rato. Por un momento la autonomía se ha convertido en mi enemiga. Pero bueno, ahora lo recargo en solo 30 minutos, ¿solo?, bueno me vendrán muy bien para relajarme de la tensión acumulada en estos últimos 15 minutos. Enchufar el coche a la electricidad es de niños, como conectar un MP3 al ordenador. Dos enchufes, uno para carga rápida y otro para lenta. El primero recargaría el 80 % del total, pero para rellenar al 100 % necesitaremos estar seis horas «descansando». Tras recorrer casi 260 kilómetros y tres recargas, el consumo en euros ha sido unos seis euros de electricidad, poco mas de 2 euros cada 100 kilómetros. Un ahorro imposible para un diésel. Si además  lo unimos a unas emisiones que cuidan el medio ambiente y una exclusividad tecnológica, parece ser una fórmula de éxito, pero, no es así, el lastre de una fabricación costosa, la autonomía, o el tiempo de recarga son problemas que los fabricantes no consiguen de forma clara superar lo que se traducen en unas ventas cada vez más tímidas. Incluso la bajada del precio del petróleo no ayuda. Esto obliga a que los fabricante se pongan las pilas, aún más, para superar estos chispazos que empiezan a oler a quemado.

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