¿Quieres vivir mejor? ¡pisa el freno!

El movimiento Slow es una nueva forma de llevar la vida, a un ritmo más sosegado, más pleno. Sus defensores aseguran que todo es posible con un cambio de mentalidad. No hace falta ser ricos ni tampoco convertirse en unos vagos. El tiempo, recuerdan, es el que es. Cuando se agote no vamos a poder comprar más.


«El horario de nuestro departamento es de 08.50 de la mañana a 17:20 de la tarde. Por lo que a mí respecta, a menudo, me quedo en la oficina a trabajar. Una o dos horas extraordinarias». Podría ser el resumen del día a día de un habitante de una ciudad cualquiera, sin embargo, a los cinéfilos la cita les resultará familiar. Es el arranque de El Apartamento, la película con la que Billy Wilder nos dijo que es posible decir «no». Claro que, los motivos por los que C.C. Baxter no podía regresar temprano a su pisito neoyorkino eran un poco especiales. Pero, al fin y al cabo, siempre hay una excusa. Hacer stop es un deseo imperante que seguro le ha rondado más de una vez por la cabeza a usted también. El turbocapitalismo, la competitividad laboral, las redes sociales? Parece que nacemos para producir y consumir. Mantras como el de «hacer menos con más» o «rápido y eficaz» tampoco ayudan. El estrés ha pasado a ser considerado como la enfermedad del siglo XXI y lo cierto es que Mafalda ya lo había advertido: «Como siempre: lo urgente no deja tiempo a lo importante».

En los últimos años, y tras la publicación de superventas como Elogio de la lentitud (2004), del canadiense Carl Honoré, una nueva filosofía reclama el derecho a pisar el freno. Respetar los ritmos del cuerpo y de la Tierra. «La pérdida del sentido del presente es una de las consecuencias de la prisa por viajar, la prisa por hacer, la prisa por conquistar la fama o el dinero. Detrás de todo ello está un falso modelo de éxito que se ha extendido en nuestras sociedades», apunta María Novo. Esta gallega es la autora del libro Despacio, despacio? (Ediciones Obelisco, 2010), además de presidenta de la asociación Slow People y directora de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible de la UNED. «Deseamos demasiado y lo queremos todo ya. Nuestras historias personales se convierten en una carrera». Mientras, añade esta doctora en Filosofía, «nos perdemos lo más importante».

«La expresión 'vivir despacio' es una metáfora», matiza Novo, que añade: «No se trata de parar para quedarse sentados, sino para reexaminar nuestra forma de vida y ver cómo queremos vivir». El movimiento que tiene un caracol como símbolo ha dado el salto a campos como el de la educación, el turismo, o la gastronomía. Lo cierto es que, en realidad, nació de esta última. Un acontecimiento a priori tan anodino como la apertura de un establecimiento de comida rápida causó conmoción en un país, Italia, en el que la pasta es casi tan importante como la religión. Sucedió en la romana Plaza de España en 1986. El periodista Carlo Petrini reaccionó reivindicando todo lo contrario al fast food, la Slow Food.

Hoy, su protesta ha derivado en una organización internacional que defiende una alimentación saludable, justa con los productores y respetuosa con el medio ambiente. Reconocida por la FAO, está presente en 160 países. En Galicia. Emilio Louro, propietario de una pescadería online y antiguo secretario de la cofradía de Lira, es uno de sus integrantes. «Foi nunha feira en Xénova á que asistimos como convidados onde tiven o primeiro contacto coa Slow Food. Daste conta de que hai maneiras de alimentarse mellor. Cando imos ao súper olvidámonos de pensar de ónde veñen os produtos. Do agricultor, do artesán ou do pastor que están detrás», reflexiona.

El primer sector en el que se popularizó la filosofía lenta fue el de la gastronomía, por la dicotomía clara entre comida rápida y lenta. La cocina «slow» sirve además como puerta de entrada para que muchas personas se introduzcan en esta forma de vida. «Es difícil convencer a alguien de los efectos positivos del yoga, pero a todo el mundo le gusta un buen plato de comida».

DEGUSTA, NO TRAGUES

Entre las iniciativas de la «comida lenta» está la creación de un listado de productos en riesgo de desaparición o cuya elaboración tradicional merecen protección. Es su particular arca del gusto. Nuestra comunidad aporta por el momento tres platos: centolla de Lira, Porco Celta y Millo Corvo. «As centolas non están en perigo de extinción, pero si métodos artesáns de captura coma o do gancho co espello. Creo que xa ninguén o emprega en Lira», lamenta Emilio. «Foi unha alegría coñecer un gran número de personas de todo o planeta traballando pola biodiversidade, o uso respetuoso do territorio e o consumo responsable. Dá moto ánimo para tirar para adiante», subraya Victoria Martínez, productora de Millo Corvo en Bueu, el primero de los alimentos gallegos en ser incorporado al catálogo internacional.

Juan Luis Méndez Rojo, gerente de Vía Romana Adegas e Viñedos, una bodega de la Ribeira Sacra que entronca con este espíritu, también confiesa que se identifican con esta tendencia y quieren llegar a ser Slow Drink, «porque elaboramos e gozamos do viño paseniñamente», dice. «Facemos todo o proceso de elaboración lentamente, dende a recollida da uva ata a botella. Mimamos o viño sen présas», sostiene el bodeguero. «Hai que sacalo á venda cando el mande, non cando o mercado diga».

Aunque pueda parecer que las personas son el eje, la Tierra no es menos importante. Al consumir comida de nuestro entorno fomentamos el negocio de proximidad, pero también reducimos las emisiones de CO2. Las Slow Cities, o ciudades lentas, una red que nació también en Italia, apuesta por la vida en las urbes de menos de 50.000 habitantes donde la arquitectura, los transportes o la energía estén más humanizados y sean menos contaminantes. «El planeta no nos necesita. Lleva miles de millones de años existiendo y nosotros somos unos recién llegados, un nanosegundo en la historia de la vida. Hay que fijarse solo en un dato: la década de 1980 fue la última vez en la que la humanidad consumió recursos naturales y produjo desechos y contaminación a la misma velocidad a la que la naturaleza puede reponerlos. El año pasado, en el mes de agosto, ya habíamos consumido todos los recursos disponibles para los doce meses. Eso significa que nuestra voracidad por explotar los recursos y consumir está generando un problema de enormes dimensiones», advierte María Novo.

MENOS ES MÁS

El mundo de la moda, o al menos, una pequeña parte, también se ha unido a la causa. «Es imprescindible informarse bien sobre su impacto social y medioambiental», apunta Sabina Eichmann. Pertenece al grupo Slow Fashion Next. «Diseñadores como Sybila fueron de los primeros que apostaron por una ropa slow, sostenible. En Galicia, Latitude es una de las pioneras. Reformation ha enamorado a las «it» norteamericanas mientras empresas como ECOALF han triunfado en plena crisis», enumera Sabina, convencida de que las marcas éticas pueden ser rentables y asequibles. «Compro muy poco, pero de la mejor calidad que me puedo permitir. Piezas clave y fáciles de combinar. Además, ha vuelto la ropa vintage o de segunda mano, prendas de la era pre fast fashion, cuando los estándares de calidad eran mucho más elevados», explica Sabina, que también señala cómo la moda de masas ha acentuado la pérdida del estilo individual. ¿Otra opción? Recomienda las swapping party. Reuniones de amigos para intercambiar ropa mientras se toma algo.

La vida acelerada la llevamos a cuestas en la mochila incluso de vacaciones. Viajes exprés para conocer una ciudad en dos días, tours cerrados, jornadas maratonianas en museos, fotos a Facebook para presumir de que no quedó rincón por conocer. «¡Pagamos por pasar unos días estresados!», exclama Mónica, de El Castaño Dormilón, en Ortigueira, un establecimiento levantado sobre una antigua escuela unitaria y que se puede incluir dentro de la corriente Slow Travel. «Quiero que cuando los clientes entren por la puerta desconecten. Servimos los desayunos más tarde de lo habitual, entre las 09:30 y las 12:00, fomentamos las sobremesas sosegadas y siempre procuramos tener productos de la zona. Compramos a un vecino que tiene una huerta orgánica, servimos algas o conservas locales? Es otra forma de conocer Ortegal», detalla. Para los que puedan pensar que el suyo es un plan solo de relax, replica: «¡Es un turismo muy activo! Recomendamos rutas diferentes en velero, kayak o a caballo». Su hotel es uno de los incluidos en la web y guía Mi Paisano Slow Hotels, del emprendedor David Carrizo. «Se valora que sean lugares donde el propietario trabaje en el hotel, la única forma de que transmitan su estilo de vida y la cultura del lugar. También que echen mano de proveedores locales, que tengan un buen trato con los trabajadores (jornadas razonables, un sueldo acorde a su posición, dados de alta correctamente), pongan en valor el patrimonio si es un edificio restaurado y tengan en cuenta el uso de materiales ecológicos», apunta David.

Sin embargo, no a todo el turismo rural le convencen las etiquetas ni los anglicismos slow. «Defiendo y hago planes sin más exigencia que la que nos marque el territorio. Paseamos, no hacemos hitos de senderismo. Si nos apetece parar a admirar un árbol lo hacemos, sin más. Mi tipo de turista llega a mí porque busca ese tipo de estancia: junto a un guía local que conoce su tierra y escoge casi a la carta lo que más les va a gustar», comenta Paula González, al frente de la casa de turismo Cabo do Mundo, en Chantada.

LA EDUCACIÓN LENTA

Respetar los ritmos de los niños. Las escuelas Waldorf son uno de los centros que abanderan esta forma diferente de enseñanza, la que se guía por el metrónomo interno de los alumnos. «Cuando nos fijamos en los primeros siete años de vida, vemos que aprenden a través de hacer. Quieren moverse, explorar, crear. Se trata de propiciar un desarrollo armónico del intelecto, la vida emocional, la decisión y creatividad. La educación en nuestra sociedad se centra solo en el aspecto intelectual e ignora las otras partes que son esenciales para nuestro bienestar», apunta Gloria Vázquez, directora de la escuela Waldorf de Lugo. «Es fácil caer en el error de creer que la educación debe hacer que nuestros hijos encajen en la sociedad. El mundo está formado por personas y su conformación de una manera saludable solo es posible si estas se desarrollan de una forma equilibrada», añade. Para cambiar a una óptica macro y no centrarnos solo en los objetivos inmediatos habría que comenzar, tal vez, por el principio.

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