A lomos del potro de tortura más adictivo

La bici siempre ha dado juego. El bike arrasa en los gimnasios de todo el mundo como método infalible para mejorar la condición física y afinar el chasis ahora que toca lucir palmito en la playa. Un redactor de OK se somete a una extenuante sesión de esta disciplina deportiva que exige del corazón y las piernas un esfuerzo perenne de superación y sufrimiento

A lomos del potro de tortura más adictivo La bici siempre ha dado juego. El bike arrasa en los gimnasios de todo el mundo como método infalible para mejorar la condición física y afinar el chasis ahora que toca lucir palmito en la playa.

Marco Pantani facturó el 19 de julio de 1997 una de esas gestas deportivas que derrotan al tiempo. Tras pulverizar el récord de subida a esa cumbre legendaria del Tour que es Alpe D'Huez, un periodista lo interpeló sobre los motivos que le habían llevado a ascender por aquella montaña rompepiernas como alma que lleva el diablo. El malogrado genio italiano sintetizó con su escueto alegato su profunda brecha vital, pero también el espíritu de su deporte: «Para dejar de sufrir antes», contestó. Esa es la paradoja de la bicicleta, seguramente el potro de tortura más adictivo que haya inventado el hombre. Tan eficaz y estimulante resulta, que de un tiempo a esta parte, los gimnasios más modernos del planeta han incorporado estos entrenamientos a sus rutinas diarias: bike, spinning, cyclo... Las denominaciones de estas sesiones en grupo son variadas. La filosofía, idéntica: sufrir en una sala a lomos de bicicletas con estética de competición a las órdenes de un director de orquesta cuya misión no es otra que apretarle las tuercas a sus pupilos. Para testar su eficacia, acudimos a una sesión de bike al gimnasio Condesa Sport de Vilagarcía, una moderna instalación a los pies del puerto en la que nos espera Rubén Lores, el monitor, una figura que será clave en el devenir de una sesión ciertamente agotadora.

El bike tiene un punto clásico. Evoca de algún modo a aquellas galeras en las que un cómitre apretaba a sus remeros hasta la extenuación, aunque en este remake contemporáneo el látigo es emocional. Es la voz del monitor la que azota el orgullo y las mentes de los asistentes. El objetivo, quemar cientos de calorías, eliminar tejido adiposo, ganar capacidad cardiovascular y, por qué no, afinar el chasis para lucir palmito en pleno verano.

La sesión empieza a ritmo suave. Cinco minutos de calentamiento para activar las piernas y acelerar biorritmos... ¿Y si al final la cosa no es para tanto? Error. A la orden de ya, Rubén empieza a arengar a la tropa y a meterle tensión a las resistencias de las bicis. «Una vuelta más, y otra, y otra...» La cosa se ha puesto seria.

La música a todo trapo y las órdenes del monitor desatan un estadio de trance en la sala, una cadencia hipnótica en la que uno se enfrenta consigo mismo mientras el monitor alterna órdenes: ahora sentados, ahora incorporados sobre el sillín. Ahora un sprint, ahora un ascenso. Porque de eso va el bike. Como tantas disciplinas de nuestros días, el secreto del éxito se esconde en la capacidad de sufrimiento que esté dispuesto a tolerar el usuario. Pedalear sin descanso durante cerca de una hora a un ritmo frenético supone un desafío curioso para el umbral aeróbico, para la mejora de la condición física, en definitiva.

Durante los 45 minutos de rutina, Rubén pone a prueba la capacidad del periodista y de sus compañeros de sala. Su misión es dirigir el entrenamiento, pero también estimular a los presentes para que den un paso más, para que no desfallezcan. Su palabra fetiche es «inténtalo». La grita una y otra vez, mientras alterna los beats de las canciones que ha escogido para la sesión, y que ciertamente incitan a pedalear y exigir un poco más del tren inferior.

 Picos de 170

Desde la distancia, podría parecer que trabajar sobre una bicicleta en una sala cerrada durante tantos minutos será un poco soporífero. Una vez en el ajo, empero, el asunto es más entretenido de lo que parece. El bike no tiene ese guiño nihilista de rodar en la carretera, de acumular kilómetros y kilómetros hasta despejar la mente mientras masacras tus cuádriceps, pero resulta muy estimulante. El pulsómetro marca picos de 170 pulsaciones en algunos momentos de la rutina (la media de la sesión oscila entre 154 y 159) y el smartwatch concluye que el que suscribe se ha dejado unas 700 calorías después de 45 minutos de tortura cicloestática, una cantidad en absoluto despreciable. Nada mal, en realidad, para este primer día en la oficina.

Votación
3 votos
Comentarios

A lomos del potro de tortura más adictivo