Un hotel sin miedo al qué dirán

A poco más de dos horas en coche de Galicia, se halla un antiguo seminario de pueblo reconvertido en hotel de cuatro estrellas. Es el hotel Convento I, el sueño cumplido de un empresario que ha creado un museo donde se puede dormir, comer y pasear por la historia.


Durante los primeros minutos, Agustín Lorenzo me desconcertó. Y no por su aura de abatimiento, ni por su rostro de santo románico en el que los ojos vigilaban incesantemente el vestíbulo por encima de la nariz y la barba monacal. Agustín Lorenzo me desconcertó cuando, en el primer minuto, se declaró dueño de una iglesia del siglo XII. «Sí, sí, una iglesia convertida en carbonera -se defendió de mi incredulidad-, la iglesia de san Leonardo, en Zamora». La había comprado hacía más dos décadas para transformarla en café teatro y restaurante, pero desde el principio todo habían sido trabas administrativas, que se resolvían con una lentitud geológica, y decidió renunciar. Que no caigamos en poder de la burocracia es una petición que se debería incluir en el padrenuestro.

Fue entonces cuando se procuró los terrenos de 20.000 m2 del actual hotel Convento I, cuyo exterior adusto y cuadrangular imita la estética nazi, como si fuera un testamento en ladrillo de Albert Speer -el arquitecto de Hitler- entre campos de cebada y girasoles mesetarios. Su hechura hitleriana se debe a que este hotel de cuatro estrellas, en el pueblo de Coreses, a 15 km de Zamora, fue un seminario de la orden religiosa alemana del Verbo Divino que se asentó en estas tierras de sol, posguerra y hambre en 1949. «Los de Patrimonio Nacional no me dejaron alterar la fachada. Es un edificio protegido», justifica Lorenzo.

No menos asombroso que el exterior, aunque sí bastante menos frugal, es el interior, un espacio que está entre el churriguerismo y el «kitsch». En efecto, al cruzar la puerta, no sabes si has entrado a ver la coronación de Carlomagno o si has accedido a un capítulo lisérgico de Alicia en el país de las maravillas. Allí dentro todo es hiperbólico, sofocante, posible, extraño. Es dado suponer que el santo con mitra del retablo barroco que preside el mostrador de recepción sea en realidad un guardia suizo del Vaticano que acoge a los huéspedes con la alabarda rota. «El retablo perteneció a una iglesia del camino de Santiago -precisa Lorenzo-. Sé que a no todo el mundo le gusta el hotel. Pero lo hice para que me gustara a mí».

A los que no parece disgustarles el pastiche de columnas dóricas del vestíbulo, estatuillas de arte sacro, arañas de cristal de Bohemia, un arcón de Cartagena de Indias del siglo XVI, espejos Segundo Imperio y ninfas disecadas en el cielorraso es a cuatro o cinco visitantes que prorrumpen en interjecciones de éxtasis mientras los móviles bulímicos fotografían sin cesar tanta maravilla.

No se extinguen las sorpresas en el vestíbulo. El vestíbulo las sugiere y prepara. Por ejemplo, a un tiro de piedra de los arrobados turistas está la antigua iglesia del seminario. Hoy, un enorme salón para convenciones. Entre las vidrieras piadosas de Luis Quico y pinturas que reproducen escenas de la Capilla Sixtina, aquí se celebran bodas, conciertos, conferencias. «El suelo es el original de la capilla -dice el propietario-. Lo conservé por respeto a tantos y tantos alumnos que se arrodillaron aquí».

  Autodidacta y soñador

 Agustín Lorenzo podía haberse quedado en un Oliver Twist sin grandes esperanzas, pero encuentra su paraíso perdido en la decoración. Huérfano de madre -«murió por complicaciones en el parto»-, natural de un pequeño pueblo de la comarca zamorana de Tábara, a cuya escuela solo pudo asistir cuatro años, Lorenzo se confiesa autodidacta y soñador: «Dios me dio la inteligencia de soñar. Eso es lo más grande de esta vida».

Tras ganar en Madrid un concurso de diseño, al zamorano lo contrata una empresa alemana y se marcha a vivir bajo el cielo de Willy Brandt. Por aquel entonces, se celebraban los Juegos Olímpicos de Múnich. Lorenzo -cuenta- participó en la escenografía de la inauguración y en la renovación de los logotipos olímpicos. «Posteriormente, también intervine en el diseño de las primeras tarjetas Visa que se hicieron para EE.UU. y Alemania. Entonces muy pocos países las tenían. La decoración y el diseño son mi vida».

  La historia dentro de un hotel

Infatigable a sus setenta y pico años, Lorenzo nos conduce al piso inferior. Se detiene en un comedor como para celebrar un torneo medieval más que un banquete. Aquí, después de echarte al bandullo un arroz a la zamorana, puedes dedicarle la victoria a la mismísima Lady Di, que te agradecerá el homenaje desde un fresco de la pared vestida de madonna Laura, la rubia de ojos de laurel a la que cantó el poeta Petrarca. «Mandé pintar a la princesa de Gales cuando murió», ilustra Lorenzo, que durante seis años dirigió a más de un centenar de pintores, muralistas, grabadores y forjadores.

Salvo que comparten el mismo edificio, en nada se parece la decoración del vestíbulo a la del piso inferior, donde se amontonan los comedores. Si aquella era delirante a secas, esta lo es con sobriedad. No en vano es «un homenaje a la Edad Media y a Castilla y León». Aquí se combinan ladrillos mudéjares fabricados en Ávila con sillares procedentes de los despojos de una ermita románica. Y tan convincente es el resultado, que uno tiene la impresión de que va a salir Enrique de Trastámara del salón de doña Urraca con una pata de lechazo asado entre los dientes, o del de san Atilano, o del de san Ildefonso o, en fin, del de Viriato, que así se llaman estos cuatro comedores privados, un tributo nominal a la historia de Zamora.

Y es que el lechazo de raza churra asado en horno de leña que sirven aquí es para levantar a un muerto (vale la pena volver a este valle de lágrimas para recrearse en su sabor). Dignos de elogio son también el resto de platos de su cocina tradicional, con ingredientes de primera calidad, el esmerado servicio y los vinos tintos de la bodega propia, protegida por una puerta acorazada con casetones en forma de punta de diamante.

Sócrates y Nefertiti en Zamora

Para bajar la comida -porque en este restaurante no está penado comer, a diferencia de aquellos en los que el contenido es el plato y el continente una minúscula albóndiga deconstruida-, uno puede salir a pasear alrededor del Partenón, que se yergue en los jardines traseros del hotel, entre olivos y el fantasma de Sócrates. Porque en esta especie de Tobu World Square a la castellana no podía faltar la réplica del Partenón bajo el sol agropecuario de Coreses, y hasta con el frontón que le falta al original. Después de parlotear con Sócrates sobre el ser y la nada, puedes ejercer de procónsul romano en las termas del spa y recibir un masaje de manos femeninas enguantadas en chocolate. Y, en fin, antes de recogerte en una de las 70 habitaciones del hotel -«ninguna igual a otra», puntualiza el propietario-, no se debería desaprovechar la ocasión de conocer a Nefertiti. Está en el pub del hotel, decorado con tópicos del antiguo Egipto. Cruzada de piernas infinitas en una butaca, la reina del Nilo fuma un invisible cigarrillo, y sus gestos son los mismos que los de Rita Hayworth en Gilda. Entretanto, el dios Horus, apoyado en la barra, naufraga dentro del sexto cubata a ritmo de reguetón.

La decoración del hotel Convento I podrá fascinar o repeler. Lo que no admite duda es el arrojo de Agustín Lorenzo, que al margen de herborizar y unir estilos artísticos con más o menos maña, lleva desde 1997 dando de comer a medio centenar de empleados y ofreciendo emociones perdurables a los clientes. Según cuenta, podía empapelar una pared con retratos de famosos que han pasado por su casa. No se ve ninguno, sin embargo, porque «el cliente más apreciado para mí es el que ahorra para venir a mi hotel».

Es posible que, cuando la edad impida a Agustín Lorenzo seguir al frente, el hotel Convento I desaparezca consumido en la llama blanca del sueño del que nació y regrese a lo que fue cuando este empresario quijotesco lo compró: un pobre campo de maleza, aunque nada cambie y todo siga en pie.

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