Este vino entra por los ojos

Ya hay muchas bodegas que no se conforman con elaborar añadas de calidad, quieren divertir a sus clientes y brillar desde las estanterías de las tiendas «gourmet» o de los locales en los que las etiquetas divertidas o creativas suman mucho

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En A Coruña hay un espacio especializado en tendencias, en el corazón de la calle de los vinos, que el pasado mes de julio colocó en la puerta dos grandes barricas con las etiquetas de vinos bautizados como El gordo del circo, Machoman o The orange republic. «Las pusimos a las once y unos minutos más tarde ya se estaban haciendo selfies delante», cuenta Julio Blanco, uno de los propietarios de un local en el que se ofrecen complementos, moda o gastronomía que no se repite en otros escaparates. «Buscamos productos de calidad y con los vinos probamos mucho, porque no es solo la imagen, tienen que estar a la altura», precisa antes de contar cómo descubrió el proyecto de una bodega bien creativa: Casa Rojo.

En una de las ferias, Fenavin, se quedaron prendados de la imagen de un sello que cuenta con nueve vinos de otras tantas denominaciones diferentes: Ladrón se llama el del Bierzo; Maquinón el de Priorat; The invisible man el Rioja; el Rueda es El gordo del circo; el Ribera del Duero lleva por nombre Alexander vs the ham factory; el Jumilla, Machoman y al cava lo han bautizado como la oveja negra de la familia: Molto negré. Cuentan con dos gallegos: un Rías Baixas, La marimorena; y un Valdeorras con resonancias rockeras The orange republic. Todos entran por los ojos, porque las etiquetas están tan pensadas como los nombres. «Es que además cambian con cada añada, por ejemplo el Valdeorras es una calavera que cada año se presenta de forma dirente, con un flequillo, con una cresta...», explica Julio Blanco, que incorporó los vinos a su proyecto después de catarlos. «Junto a mi experto en vinos, Javier Paadín, probamos Machoman, un monastrel de Jumilla que nos encantó y después seguimos con el Rías Baixas que está igual de cuidado», relata sobre un hallazgo que está siendo muy productivo. «Cuando te piden un Rueda y les puedes sorprender con la botella de El gordo del circo, que está muy bien, todos ganamos, ya que además del vino cuidan mucho el márketing, su imagen en las redes sociales y todos los productos que pueden acompañar, ya que cuentan con pines, chapas, hasta tatuajes de henna, junto a las barricas o las magnun que tenemos en el Almacén», explica el responsable de este local, que precisa que esta bodega evalúa los espacios a los que envía sus vinos, por eso fuera de locales con sensibilidad creativa solo se pueden encontrar en la tienda gourmet de El Corte Inglés.

Queda claro que los que prueban estas botellas repiten, y cada vez hay más experiencias diferentes, como la de Comando G, que apela a la nostalgia de los 80 con vinos como La bruja avería, que aúna un proyecto enológico cuidado (un tinto 100 % garnacha de producción) y un precio limitado (30.000 botellas de 12 a 15 euros).

 Los más originales

Erica Barbosa es la responsable de la tienda gourmet de El Corte Inglés, donde las creaciones de Comando G destacan, al igual que otras botellas con etiquetas tan singulares como las de La Zorra, que cuenta con una variedad, la rufete, que sorprende, tanto como su denominación, Sierra de Salamanca. La experta asegura que aporta mucho, gusta en las estanterías y es una novedad bien agradable en boca. Tampoco da disgustos a la hora de pagar. «Claro que el márketing siempre ayuda y tenemos muchos clientes que se quedan prendados de este tipo de proyectos o simplemente de la etiqueta, algo que me parece muy bien siempre que el vino tenga calidad», explica la responsable de un espacio en el que confluyen otros consumidores que no están tan a favor de tanta modernidad. «Los consumidores de vino habitual suelen evitar estos estilos, ya que prefieren algo más clásico o minimalista. Supongo que les da la sensación de poca seriedad, de un producto estrafalario -reconoce-. Hay dos tipos de etiquetas divertidas: la positiva y la negativa. A nadie le agrada tener en la mesa con invitados una botella con un nombre desagradable y poco elegante, aunque el vino sea fantástico. Sin embargo, si la etiqueta es divertida y con un toque de humor suave suma mucho y el cliente siempre la vuelve a pedir, porque para empezar recuerda el nombre sin problemas».

Incluso los clásicos

La caza de nuevos paladares es algo que también buscan en denominaciones tan consolidadas como la de O Ribeiro. La gerente de este consejo regulador es la sumiller y socióloga Cristina Alcalá y hace tiempo que alerta de que el descenso del consumo del vino es un problema para el sector. Todo lo que sea crear imagen le parece positivo, siempre que la calidad acompañe: «Hay tantas estrategias válidas como estilos de vinos o tipos de consumidores a los cada empresa quiera dirigirse. Hay muchos mercados, en plural, receptivos para el consumo del vino. Algunas bodegas gallegas han apostado por llegar directamente al consumidor con campañas más desenfadadas, directas y sin los prejuicios que hace años existían a la hora de comunicar el vino. No son muchas por ahora, pero lo cierto es que cada vez hay más empresarios-bodegueros que tienen definido su camino a medio-largo plazo, que es la clave del éxito. Como lo es también la calidad, que nunca se debe abandonar porque es el factor más importante. Un cierto riesgo medido suele dar buenos resultados».

En O Ribeiro, que acaba de colocarse entre los vinos favoritos de los consumidores en España, tienen una estrategia bien definida: «Una de nuestras apuestas es vincular el vino con el elemento cultural gallego a través de distintas disciplinas artísticas: Ribeiro Son de Viño, Cata a Arte o Enocións con algunos ejemplos que funcionan muy bien. Acciones que van dirigidas a un público específico y que perduran en el tiempo. Ser constante en la estrategia de la promoción es fundamental porque lo más difícil es mantener la marca de calidad en la percepción y satisfacción del consumidor», precisa una experta que apunta que el mundo del vino está en constante movimiento: «Lo que ahora es válido no lo era hace una década, hay que adaptarse a los mercados y tendencias sin perder la esencia que refleja la personalidad de la bodega. Llegar al consumidor actual es bastante más fácil que fidelizarlo».

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