Así es el alma de los otros «fillos do Atlántico»

Aunque en diversos lugares del mundo están plantadas cepas de esta variedad, el vino que producen no tiene nada en común con nuestro albariño, que lleva el mar en sus genes: frescura, nobleza, aroma y esa salinidad que lo hace único. Se convierte así en hermano de los muchos productos que nos ofrece el Atlántico

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No sabemos si la primera cepa de albariño llegó a Galicia por mar o si, como cuenta Cunqueiro, la trajo un monje del Císter hasta el monasterio de Armenteira, aunque también, añadimos nosotros, cabe la posibilidad de que el mismo Atlántico contribuyese a que sea una caste genuinamente gallega. Pero, lo que si es cierto, es que, sin el mar, no tendríamos esta joya, ni un vino que es orgullo de Galicia, como lo son también los pescados de Isidro Mariño, las almejas de Victoria Oubiña, los percebes de Joaquín Sanmiguel o los platos de Iván Domínguez, acompañados siempre de los vinos de Ramiro Aragunde, personajes protagonistas de un documental producido por las bodegas Martín Códax en el que, «con sus propias vivencias, -explica Juan Vázquez Gancedo, director general-comparten con el Albariño la fuerza e influencia del océano; esa atlanticidad que nos diferencia, porque el mar marca nuestra forma de vida, la manera de ser, la gastronomía y, por supuesto, nuestro vino. Y tanto es así que hace ya 10 años bautizamos alguno de nuestros productos con la marca Alma Atlántica. Nos dimos cuenta que nuestro orgullo por ser del Atlántico era el mismo que sentían muchas gentes que conocen muy bien el océano, y por eso quisimos contar con ellos para que nos relatasen en primera persona sus propias experiencias. Ellos y nosotros estamos muy orgullosos de ser gallegos y atlánticos».

Juan Vázquez Gancedo, que es también viticultor, está preocupado por el cambio climático «que nos puede hacer perder nuestra identidad -añade este experto- y por eso nuestros técnicos están obsesionados en buscar una solución para mantener el verde de las hojas, el ciclo vegetativo y la madurez fenólica, que es lo que le da esa especial salinidad, los aromas a cítricos, a mar, a nuestra tierra, para que no perdamos lo que somos, que hace que nuestros vinos sean diferentes y apreciados en todo el mundo».

Un hombre de mar

Isidro Mariño es un hombre de mar y ya de pequeño se acercaba a la playa para disfrutar de su suerte, que era haber nacido a orillas del océano. «Para mi el mar lo es todo -explica Mariño- o sea, que es un universo que te llena. Desde niño jugaba en el mar con mis amigos. Recuerdo que había una persona que nos preparaba lo que traíamos de la playa .Me decía ‘¿cuántos sois?’. Íbamos a buscar berberechos, almejas, longueirones..., lo que encontrábamos y nos lo cocinaba, e incluso ponía el pan. Y claro, todos eran productos marinos. Es decir, todo era gratis. La vida proviene del mar y como tengas un mínimo de curiosidad, te transmite infinidad de conocimientos. Él es la herencia que recibimos todos». El veterano marinero es un auténtico filósofo y no se cansa de repetir que fue muy feliz en su trabajo. «El mar siempre me dio esa sensación de libertad -añade- de ser individuo. ¿Que si conozco el mar? No, él me conoce a mi. Yo lo que le estoy es muy agradecido porque me permite vivir, disfrutar, me desvela algunos de sus secretos. Puedo estar todo el día con él». Y entre las experiencias de su vida marinera, se queda siempre con las buenas. «Las peores eran cuando, por necesidad, había gente que subía al barco y tenía auténtico pánico. Era terrible. Esos recuerdos si me marcaron, porque incluso hubo sucesos trágicos, como el suicidio”

Y lo mucho que ofrece el mar, mariscos y pescados, sirve para que Isidro recuerde sus reuniones con amigos y compañeros cuando llegaban a tierra, siempre alrededor de una botella de albariño do Salnés.

La riqueza que guarda la arena

Victoria Oubiña, mariscadora en Cambados, se deshace en elogios al Atlántico. «Es mi vida. No hay una empresa que te dé tanta felicidad. Empecé a trabajar a los 9 años por necesidad y hasta que tuve 40 no aprecié lo que tenía delante. Fue cuando dije: ¡pero si vivimos en un mundo maravilloso!».

Hoy, pasados los años, no solamente va a trabajar al mar, va también a disfrutar. «Y es que es de todos, es libre. Solamente tenemos que ser conscientes de que tenemos que respetar lo que hay debajo de la arena. Si el mar está bravo y te metes en el, se las vas a pagar. Pero si está tranquilo, te dice continuamente ¡ven, trabaja, disfruta! Con mis 66 años me respetó 54, así que mira lo que vale cuidar de este mar». Y Victoria tiene que dejarnos. Coge su carrito, y con su amplia sonrisa, se pierde en la playa, para enseñar a los turistas.

«Tenemos la obligación de conservar lo que nos dio y sigue dándonos. Un clima excepcional, una tierra única y, sobre todo, nuestra identidad. Por eso queremos un vino que exprese todas estas peculiaridades»

«Le tienes respeto, pero cuando te ataca lo ves de frente. En tierra es distinto, porque nunca sabes lo que va a pasar. Por eso me veo más perdido. A mi déjame el mar, que la tierra se me cruza mucho».

¿Hay algo que te dé más que el mar? Con esta pregunta comienza Victoria su charla con nosotros. «El Atlántico es mi vida y no lo cambio por nada. Soy feliz en la playa y además me permite vivir».

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