Los rostros de la Borgoña gallega

Eran ejecutivos, publicistas, profesores de instituto, agentes de bolsa y vivían en grandes ciudades hasta que quedaron enganchados del reto de ser viticultores en Galicia, un lugar al que llegan muchos importadores, aunque la mayoría solo en busca de precios bajos, pero los nuevos bodegueros lo tienen claro: ellos quieren ser la Borgoña gallega

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Cuenta Pilar Higuero, de la bodega A Pita Cega, que hace pocos domingos se presentaron en su casa importadores de un país europeo muy interesados en el producto que sale de sus cepas, mimadas con esmero bajo las leyes de la biodinámica.«Suspendí una escapada a la Ribeira Sacra para atenderles y cuando escuché el precio que buscaban me pareció casi un insulto», explica Higuero que no se quedó callada y les hizo saber su disgusto. Ellos replicaron si se creía que estaba en la Borgoña y siguieron tentándola apelando, incluso, a que su jefe quería venir de vacaciones a Galicia, así que Pilar Higuero zanjó la conversación recomendándoles que lo mejor era que se fuesen a la Borgoña a pasar el verano.

Esta es solo una muestra del nuevo talante de un grupo de bodegueros gallegos que comparten pasión y casi origen. Han dejado despachos y, en algunos casos altos cargos, para hacerse labradores de la viña, viticultores, pero con mucha autoestima y ganas de hacer algo bueno. Así que solo buscan clientes que sepan valorarlo. No está siendo una tarea sencilla, pero aseguran que no se arrepienten y volverían a hacerlo otra vez.

Un plus de profesionalización

La llegada de estos venideros al mundo del vino gallego supone un contrapunto para un sector que hasta ahora solo se concebía como un complemento de rentas familiar. Ellos están poniendo en valor la profesión y también los terrenos, porque la mayoría dedica muchos esfuerzos a localizar fincas olvidadas que en la mayoría de los casos albergan un tesoro: cepas viejas de variedades autóctonas. Cuando no pueden hacerse con ellas tratan de llegar a acuerdos con los propietarios para comprarles la uva a precios justos, algo que también supone un cambio radical con lo que sucedía hasta ahora. El director de cine José Luis Cuerda o el exbróker estadounidense Zachary Elfman, son otros ejemplos. Este último participa de un proyecto de alquiler de microparcelas denominado Enonatur que hasta tiene a gente de Cerdeña.

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Alberto Nanaclares, de economista a viticultor

Alberto Nanclares nunca quiso terminar su carrera profesional como economista. Alternó cargos como consultor de dirección en varias multinacionales (Coopers&lybrand o Price Waterhouse) o como director gerente en una empresa en Vigo (Productos Koala) siempre con la ilusión de tener un proyecto de vida propio. Nunca pensó en el mundo del vino, pero en el 1992 llegó a Galicia desde Madrid por un barco de madera (el ganador de la I Edición de la Regata Rías Baixas en 1954): «Lo compré en Bayona y lo restauré». En poco tiempo situaba junto a su familia una base en Pontevedra. «El acercamiento al mundo del vino fue por la compra, en 1993, de la casa donde ahora sigo viviendo y donde está la bodega. Había vendido la buhardilla donde vivía en el centro de Madrid y decidimos comprar algo aquí. Vimos esta casa, con unas vistas preciosas a la ría de Arousa, y que tenía una viña de albariño de 4.000 metros. No tenía intención de dedicarme al mundo del vino pero compramos la propiedad porque nos  gustaba mucho».

Y ahí empezó el cambio. Nanclares se empapó de viticultura y se enganchó del modo de vida que le ofrecía. «En el 1997 monté la primera bodeguita para elaborar yo mismo el vino. Y en el 2001 fue el gran cambio: decidí dejar el trabajo para dedicarme en cuerpo y alma a mi proyecto». Él que pensaba vivir en Galicia algunos meses solo para poder navegar con su familia.

«Dejar un sueldo para...»

«Fue una decisión muy difícil y arriesgada, dejar un buen sueldo para lanzarse a la incertidumbre. Me ayudó que el dueño de la empresa que dirigía en Vigo hizo cosas que me provocaron para dar el salto y presentar la dimisión del trabajo. Cuando se lo comenté a mi mujer le dio un vuelco al corazón? pero después me apoyó». Y asegura que no se arrepiente, incluso como cuando hace dos años pensaba que su proyecto estaba fracasado. «Hoy la situación ha cambiado radicalmente, porque contamos con unas críticas nacionales e internacionales muy favorables y una demanda muy superior a nuestra producción de vino. Donde no había futuro ahora florecen nuevas ideas y se plantea un proyecto de bodega si cabe más ilusionante que lo vivido hasta ahora». Sin embargo, a la pregunta de si se puede vivir o no de la elaboración de vino en Galicia contesta como un cliché bien gallego: «Depende, de si me lo preguntan hace dos años o en estos momentos». 

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Luis Gutiérrez, el hombre Parker era ejecutivo

Dicen de Luis Gutiérrez que es uno de los hombres más poderosos del mundo del vino. Y, de hecho, la lista Parker de la que se encarga en España y parte de Sudamérica ha determinado el futuro para muchas bodegas gallegas. No es un viticultor, pero tiene un pasado de ejecutivo (tras ser durante más de 20 años  directivo de Tetrapack) que dejó atrás en el 2013 para dedicarse a su pasión. Pero ahora trabaja mucho más que antes, esta semana estaba en Chile probando, buscando nuevas bodegas que le emocionen como lo hicieron los frutos de algunos terruños gallegos. Elabora listas con cientos de vinos y escribe artículos en los que justifica sus calificaciones. Y el dedicado a Galicia primó la valentía de personas con biografías muy parecidas a las suyas.

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Pilar Higuero, del hospital a la biodinámica

Pilar Higuero reconoce que aún no vive del vino, pero está claro que dedica su vida a él. Y defiende este modo de vida con todas sus fuerzas desde su casa en la localidad ourensana de San Amaro, fuera de la denominación de O Ribeiro por un capricho antiguo y político. «Si uno siente el pálpito de dedicarse a esto tiene que cerrar los ojos y lanzarse a la piscina, incluso si está medio vacía», recomienda.

Ella dejó su trabajo en un hospital y otras iniciativas empresariales para vivir en una casa en la que se cultiva una huerta, las ocas hacen las veces de cortacésped y los precios justos son la ley. Un año puso un anuncio para regalar una cosecha entera de grelos, porque un intermediario quería pagarle «una miseria». Cientos de personas se llevaron la verdura de su casa. A pesar de los sinsabores y de la incomprensión con la que a veces se topa está encantada: «El trabajo que te gusta casi no es trabajo», dice. Da igual que tenga que renunciar a parte de la cosecha, porque en sus tierras no se usan pesticidas o elementos contaminantes, al final del día tiene una recompensa asegurada: no se ha pasado horas encerrada en un coche para ir a trabajar en una oficina. «Solo la calidad de vida ya compensa», cuenta.

Su caballo de batalla es hacer entender al sector que la calidad es algo sagrado en Galicia. «Aquí no se puede hacer nada con máquinas, así que no se debe tolerar que vengan a comprar solo productos baratos», explica Pilar con un argumentario que está influyendo ya en su entorno. Como sus cursos de biodinámica y su defensa de la gastronomía gallega.

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José Luis Mateo, expublicista 

Para muchos es ahora el poeta de los vinos gallegos, pero José Luis Mateo estudió en Madrid para escribir lemas publicitarios o crónicas periodísticas. Ejerció un par de años y un día ante la viña familiar le confesó a su padre que lo suyo era el terruño. 

Mateo se implicó en el cuidado de la tierra, «hai que deixala mellor que como a topamos», en la recuperación de variedades autóctonas y en aprender de los mayores sabios. Uno de ellos le dejó una parcela gracias a la que pudo crear A Trabe, un vino mítico que fue considerado el mejor tinto de España hace casi una década y cuando Monterrei no sobaba en ninguno de los tronos del mundo del vino. Mateo viaja, conoce las grandes zonas de producción vinícola, pero él lucha para trabajar como un vigneron independiente francés o un viticultor de la región italiana de Barolo.

El abandono del mundo y del ritmo de los publicistas es tan riguroso que nunca se ha acercado a las redes sociales y se maneja con móvil antiguo, sin pantalla táctil. «No mundo do viño síntome libre e podo expresarme como quero», dice. Y lo es tanto que se negó, año tras año, a embotellar su vino más emblemático para que no le encasillasen. A lo que no renuncia es a mimar su vino más básico, el Alanda, porque «é o que chega a máis xente».

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