La Galicia que se recorre en dos velocidades

Del siglo XX al XXI, de los 120 kilómetros por hora a los 250. La segunda parte del viaje combina la tranquila cadencia de los regionales con la velocidad desbocada del avant en el tramo entre Santiago y Ourense


S i la jornada matinal, que ha discurrido por el eje oriental de Galicia, ha sido básicamente tranquila y no demasiado veloz, la vespertina va a ser todo lo contrario. La vuelta a Galicia se reanuda a las tres y media de la tarde. El trayecto previsto es Ourense-Vigo por Guillarei, pero no hay ningún servicio que lo haga hasta casi las siete de la tarde. Así que opto por la combinación Ourense-Santiago, Santiago-Vigo, un poco más larga pero que me dejará en la ciudad olívica a una hora más prudente. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de regresar a A Coruña lo antes posible.

En la estación de Ourense, poco antes de la hora de salida hay ya una cola de clientes que esperan para subirse al Alvia. La fila no se mueve hasta que no llega el convoy, descienden los pasajeros (muchos) y el tren queda acondicionado para recibir a los nuevos clientes. Al contrario que en los dos viajes anteriores, el acceso al tren ya no es libre. Hay un control en el que una operaria de Renfe comprueba cada billete, aunque no lo hace hasta que el transporte queda limpio y preparado para el nuevo trayecto. El pasaje, numeroso, es heterogéneo. Hay estudiantes, matrimonios de edad, jóvenes ejecutivos, jubilados... Lo que se espera de un servicio público del que se puede beneficiar cualquier ciudadano. Pero lo mejor está por venir.

Salimos puntuales, lo cual ya no supone ninguna novedad, y enseguida el tren empieza a coger velocidad, pero velocidad en serio. La vía se ve nuevecita y los paisajes que por la mañana se disfrutaban con deleite se convierten ahora en comida rápida. Visto y no visto. El tren pasa zumbando entre túneles y viaductos, todos con sus nombres: Sanfiz, Marrozos... y, cuando me quiero dar cuenta, el convoy atraviesa como un rayo una estación en la que casi no me da tiempo a leer: «Lalín». Miro el reloj y recuerdo las veces que he hecho ese trayecto por una autopista con un escaso tráfico y donde he empleado, por lo menos, el doble de tiempo para llegar a la capital del Deza desde Ourense. Cuando acabo de pensarlo, ya estoy a unos cuantos, bastantes, kilómetros de Lalín.

Volando sobre el Ulla

La ventanilla ofrece un paisaje más ordenado que el de esta mañana y la perspectiva suele estar más elevada. En cualquier caso, las reflexiones tienen que hacerse rápido, porque el tren, que viaja a unos 240 kilómetros por hora, no da tregua. Además, pese a que el vagón en el que viajo no parece diferenciarse en nada del que me llevó entre Ferrol y Ourense, se han acabado los crujidos y los ruidos propios del tren. Como máximo, lo que se escucha es un zumbido y algún móvil que suena de vez en cuando.

Pasamos volando por encima del Ulla y, poco después, el convoy empieza a aminorar velocidad. Llegamos a Santiago. Es inevitable sentir la curva que nos lleva a Angrois, que trazamos muy despacio. A ese ritmo entramos en la estación seis minutos después. Son las 16.08. Ha sido un viaje fulgurante, digno de todas las palabras y los esfuerzos gastados en la reivindicación de la alta velocidad para Galicia durante años y años; un viaje moderno, cómodo, asequible y veloz; una verdadera puesta en valor del transporte público. Me bajo del tren, aún sorprendido y entro en la estación. Miro el panel y veo que el tren del que acabo de descender, que sigue viaje con destino a A Coruña, marca «completo». Efectivamente, en el andén todavía hay gente subiendo a los vagones. La inmensa mayoría estudiantes a los que apenas si les dará tiempo a repasar una lección antes de llegar a su destino, aunque probablemente hoy, viernes por la tarde, lo último que harán es abrir un libro.

Por lo que a mí y a mi reto respecta, aún me quedan unos cuantos kilómetros que rodar. Unos 240 más o menos, algo más de la tercera parte del viaje. Desde luego, si todos fueran a la misma velocidad que el tramo que acabo de finiquitar, iba a ser jauja pero, como todo el mundo sabe, no todo el monte es orégano.

El próximo tren al que me tengo que subir es un regional con destino a Vigo y salida a las 16.26. Me cambio de andén y me mezclo con la chavalada que vuelve a casa tras la semana de clases en la capital de Galicia. Mire donde mire, no veo más que estudiantes con la excepción de un jubilado y de una pareja de peregrinos extranjeros con pinta de no saber donde se han metido. Por primera vez en todo el día, llega la hora y el tren no está. No podré decir que hice pleno. Recuerdo que, al fin y al cabo, estoy viajando en una jornada de huelga con paros parciales y me lo tomo con calma. El cercanías llega cinco minutos tarde y es colonizado por el numeroso pasaje. Esta vez tengo un compañero de viaje, el jubilado, que resulta ser un médico retirado con ganas de palique: «Yo estoy encantando», dice sobre el viaje. Resulta que el hombre no cogía un tren desde hacía más de diez años y, para eso, lo había cogido en Córdoba. Esta mañana se sacó la tarjeta oro y decidió probar el servicio en Galicia desde Vigo a Santiago: «¡Un 8, por lo menos le doy un 8!», concluye después de loar la puntualidad, la comodidad y el precio. El billete de ida y vuelta le ha salido por 12 euros: «Si voy en coche me lo gasto solo en el peaje».

Tras la defensa del servicio, mi compañero empieza a meterse en política, así que ?el hombre, si me lee, sabrá perdonarme? desconecto un poco hacia el paisaje que miro de reojo por la ventanilla, donde las cepas, lentamente, van tomando protagonismo en el cuadro a medida que nos acercamos al mar. En las estaciones por las que vamos pasando, Padrón, Pontecesures, Catoira, Vilagarcía, bajan estudiantes y sube gente mayor, así que el paisanaje va cambiando también al ritmo del tren, cuya velocidad ha regresado a  los viejos tiempos.

Chino, chano llegamos a Vigo. No recuperamos los cinco minutos de retraso con los que partimos de Santiago, por lo cual se me plantea el primer y único apuro del día: cambiar de la estación Vigo-Guixar a la de Vigo-Urzáiz. Un viaje en el tiempo para el que dispongo exactamente de 22 minutos. Así que salgo a la carrera  porque ya sé cómo se las gasta la Renfe con los trenes rápidos. Cojo un taxi que intenta sortear con habilidad el tráfico olívico y aún así llego al control de billetes con solo cuatro minutos de adelanto sobre la salida.  

Cuando arrancamos, el tren tarda un poco en coger velocidad. Yo ya estoy esperando otro tiro como el de Ourense Santiago, aunque el arreón no llega inmediatamente y, además, tampoco dura mucho. ¿Pero ya estamos parando? Efectivamente, llegamos a Pontevedra. Me doy cuenta de que junto a mi asiento hay un enchufe en el que puedo cargar el móvil. Y así, como un general, voy dejando que el tren trague kilómetros. Pararemos únicamente en Vilagarcía y Santiago antes de llegar a A Coruña a las 19.35, completando los 80 minutos que se están haciendo famosos en Galicia. Hace casi 13 horas que salí de aquí. Desde entonces he recorrido unos seiscientos kilómetros en las cuatro provincias, incluyendo las siete ciudades; he cruzado los principales ríos de Galicia: del Ulla al Miño, del Eume al Sil; he pasado por rías y chairas y he circulado a la máxima velocidad y a la mínima. Todo por 74 euros. Me siento razonablemente cansado y bastante satisfecho por haber completado el reto. Julio Verne estaría orgulloso.

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