75 años de aturuxos en Nueva York

En una primera impresión, entrar allí es como si el tiempo se hubiera congelado. pero la mayoría de sus socios, procedentes de la galicia rural, han vivido décadas en una sociedad moderna y en una democracia avanzada. Eso también se nota


Para llegar a Galicia desde Nueva York hay que ir a Queens. Allí, en Astoria, el área más multicultural de la ciudad de los rascacielos, hay un trozo de tierra gallega, tan gallega como cualquiera de Galicia. Se pasa por una zona árabe, un buen número de calles latinas y una gran área griega. Se llega a un edificio magnífico. Se cruzan las puertas y: allí está. Lo que se oye es hablar en gallego, también en español e inglés, es verdad, pero con acento gallego. Y no es que todo recuerde a Galicia es que, realmente, es Galicia.

Casa Galicia de Nueva York acaba de cumplir setenta y cinco años. Muchos años. Con épocas peores y mejores, como esta de ahora que es de las más espléndidas que ha vivido la asociación. «No somos la sociedad más antigua de Estados Unidos pero somos la más grande», dice su presidente, Marcos Roel para La Voz. Sus prácticamente mil socios han conseguido darle ese título. Socios que ya no son solo los gallegos que llegaron a la Gran Manzana. «Ya tenemos socios de segunda, tercera y cuarta generación de gallegos en Nueva York». Porque eso sí, pueden ser hijos, nietos o incluso bisnietos de gallegos, hijos o nietos de personas que ya nacieron en Estados Unidos pero tienen una cosa en común, siguen siendo gallegos. En NY y su área viven entre quince y veinte mil gallegos en la actualidad.

UN LUGAR QUE FUERA GALICIA

El 27 de septiembre de 1940, hace exactamente setenta y cinco años, un grupo de gallegos decidió crear una sociedad que los agrupara. La idea no era un lugar que les recordara a Galicia, la idea era un lugar que fuera Galicia. Y lo lograron. Antes de aquel 27 de septiembre de 1940 había habido una prehistoria.

En los años veinte del siglo pasado hubo un gran edificio en Union Square, era el Centro Gallego. Union Square no es cualquier sitio de Nueva York, es la plaza en la que los neoyorquinos se manifiestan, es el lugar al que los habitantes de esa ciudad acuden cuando quieren hacer reivindicaciones, es un lugar, por tanto, íntimamente unido a todas las luchas populares que ha vivido esa ciudad. Y allí es donde se estableció aquel primer Centro Gallego. Sus socios eran emigrantes que habían llegado buscando una vida mejor, un trabajo mejor, una sociedad que les diera algo más. Y aquel Centro Gallego les ofrecía una primera ayuda. Era dónde se encontraban con los paisanos que echaban una mano. Porque si hay una característica común a las asociaciones gallegas, no solo las de Estados Unidos, sino las de todo el mundo, es que funcionaron como centro de acogida y ayuda, en un tiempo en el que esa ayuda significaba la supervivencia. La Gran Depresión de los años veinte en Estados Unidos complicó la vida de todos y acabó con aquel centro.

El segundo paso importante en la historia de los centros gallegos de Nueva York llegó con la Guerra Civil española. Contra el golpe de estado de Franco se unieron muchos de los gallegos que ya vivían en Nueva York y, poco a poco, los exiliados que fueron llegando. Formaron el Frente Popular Antifascista Gallego que se movilizó para ayudar a la República y, se movilizó al mismo tiempo, para dar asistencia a esos exiliados que no tuvieron más remedio que salir de Galicia. Durante un tiempo la idea de este Frente Popular en la Gran Manzana era la de trabajar para volver a Galicia y a España pero el final de la Guerra Civil significó acabar con esa esperanza. Entonces el Frente Popular Antifascista Gallego se transformó en Unity Gallega, lo que hoy es Casa Galicia. Para entender lo que significó entonces Casa Galicia hay que saber que su primer socio honorífico fue Castelao. En 1946, Castelao se reunió con los fundadores de Casa Galicia. Pocos días después, desde Miami, en su viaje de vuelta a Argentina, Castelao escribió a sus amigos de Casa Galicia en Nueva York: «Volvo a Bos Aires asombrado da obra que fixéchedes. Esa casa é una xoia».

En 1940 había en Estados Unidos unos 48.000 emigrantes gallegos y el diez por ciento de ellos vivían en Nueva York, así que la necesidad de tener un centro gallego era evidente.

Algo que define perfectamente lo que fue entonces y lo que es hoy Casa Galicia es una de las primeras determinaciones que tomaron aquellos fundadores. A pesar de que la inmensa mayoría de ellos eran simpatizantes o militantes del bando republicano decidieron buscar una fórmula que alejara la presencia del enfrentamiento terrible que acababa de sacudir a España e incluyeron en los estatutos un párrafo que decía que la sociedad sería «ajena a todo partido político, social o religioso determinado. En su seno caben todos los gallegos, cualquiera que sea su ideología, y los que sin serlo apoyen sus fines y siempre que acaten los principios democráticos». De eso hace setenta y cinco años. Y a la vista de los resultados, los objetivos están cumplidos. Para ello cientos de gallegos y gallegas han trabajado incansablemente. Como recordaba la anterior presidenta, Rita Marina Cadio para La Voz, «llegar al setenta y cinco aniversario significa la culminación del anhelo de muchos y también el sacrificio de muchos otros». n estos setenta y cinco años, Casa Galicia ha mantenido y fortalecido sus fórmulas para difundir la cultura gallega. Cientos de gallegos neoyorquinos han aprendido a bailar o a tocar la gaita en sus salas. Primero en la calle 63 de Manhattan, después en la calle 59, más tarde en la 64, luego en la 11, todas esas sedes en Manhattan, y, por fin, a partir de 1993 en Queens. «Yo siempre digo -explica Marcos Roel- que cuando atraviesas las puertas y dejas la calle, sales de Nueva York y entras en Galicia. Aquí es donde yo aprendí mis raíces. Si no fuera por Casa Galicia yo sería otro gallego americanizado más». Y como él varios miles. Solo hay que entrar un domingo en el comedor del restaurante de Casa Galicia. En las mesas hay cerveza y vino gallegos, y pulpo. Entre esas mesas los niños corren, y desde esas mesas los mayores comentan en voz alta, y casi siempre en gallego, el partido que ven en la televisión. Un ambiente que, como dice Marcos Roel, no es estadounidense, es gallego.

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