«Cogí el "Highland Chieftain" en 1957 y nunca volví a Galicia»

Hay una cosa que los miles de gallegos que emigraron a América entre 1940 y los primeros años de los 60 no olvidan. Es el nombre del barco en el que cruzaron el Océano Atlántico. Cinco de ellos cuentan aquí cómo fue  aquel viaje. Todos viven en Argentina


Hay un sonido que Julia Fernández nunca olvidará. Es el «grito» del Córdoba al zarpar del puerto de Vigo rumbo a América. Esta mujer de Cexo, en Ourense, embarcó en abril de 1952 en ese carguero junto una cuñada y sus dos sobrinos. Tenía 19 años. «Cuando el barco abandonó el puerto me asaltó un llanto que no puede ni imaginar», recuerda ahora, 65 años después, desde su casa de Buenos Aires. El Córdoba es una de las naves que aparecen en la muestra Los barcos de la emigración y sus protagonistas, montada por la Federación Regional de Sociedades Españolas, con la colaboración del Instituto Argentino de Cultura Hispánica, ambos con sede en Bahía Blanca. Después de haberse mostrado en otros 26 centros, ahora se expone en el Museo de la Emigración Gallega de Buenos Aires. Allí estará hasta los primeros días de septiembre.

Justo debajo de la foto en la que aparece el Córdoba está el listado de pasajeros que se han podido identificar. En él viajaban solo españoles, pero había otros donde había gente de toda Europa. Viajeros o familiares de los que fueron en ese y otros buques no dejan de acercarse para ver algo que forma parte de la historia familiar.

El relato de cómo se gestó la muestra lo cuenta Mario Álvarez. Trabaja en el área de Empleo y Seguridad Social del Gobierno de España en Bahía Blanca y tiene contacto directo con los emigrantes: «No es extraño que cuenten cómo llegaron aquí, el nombre del barco que los trajo... Los buques son importantes para ellos». Por eso comenzaron a recabar datos que luego fueron cotejando con la base de información del Cemla.

Como aún no ha ido hasta la muestra, Julia no sabe qué nombres va a encontrar bajo la foto de su barco. Aunque ha pasado mucho tiempo, hay cosas que no ha olvidado. «El viaje fue largo. No recuerdo los días exactos, pero prácticamente no pude subir a la cubierta. Era un carguero e íbamos unos 300 en el mismo camarote», cuenta. Desde entonces tampoco ha podido probar la mortadela: «Fue la primera comida que nos dieron a bordo. La eché absolutamente toda». Y aunque ha venido varias veces a Galicia no ha vuelto a subir en barco.

A Rosa Bastos Comesaña no le ha quedado tan mal recuerdo de un trayecto que duró 22 días. Tal vez porque no se mareó, aunque su madre pasó acostada todo el viaje. Embarcó el 25 de agosto de 1950 en Vigo, en el Giovanna Anna C. Nació en la parroquia viguesa de Matamá y cuando subió al buque tenía solo 16 años. Antes había trabajado con su padre en los espigones del puerto de Vigo. «Nuestro tío, que estaba en Argentina, reclamó a mi padre y dijimos: o vamos todos, o ninguno», recuerda desde Bahía Blanca, donde es la paellera de la Casa de España. «Nuestro barco era incómodo. La bodega iba llena de literas de tres camas...», dice. Ha venido varias veces a Galicia, donde tiene aún familia. Y aunque, «mi cuerpo este acá, la cabeza anda por allá».

Muchos de los viajeros que tomaban el barco en Vigo o A Coruña en los años 50, como ellas, eran gallegos a los que un familiar reclamaba para cruzar el amplio océano. Era la única forma de poder quedarse luego. Entre el pasaje iban madres, pequeños que apenas habían aprendido a dar los primeros pasos, muchos adolescentes...

Ocho años era los que tenía Marita Freijeiro cuando abandonó Santiago de Compostela para subir en Lisboa al barco que las reuniría a ella, su madre y sus dos hermanos, con su padre, un republicano que había huído a Argentina dos años antes, en 1937. «No recuerdo el embarque, pero me acuerdo de cuando llegamos. Mi padre estaba esperándonos con un coche de la empresa», dice. Habla también de las comidas en el barco. Las ponían por países. «Había gente que escapaba de Alemania y había la mesa de los españoles, la mesa de los alemanes, de austríacos, de italianos... Nos trataban muy bien para ser un barco con pasaje único. En nuestro camarote íbamos mi madre y mis hermanos. Estando con mi madre iba contenta», dice.

El que no volvió nunca es Ricardo Dasilva Pérez. «Fui de los últimos en marchar para allá. Cogí el Highland Chieftains por el año 1957 en Vigo y nunca volví a casa. Los camarotes eran de ocho o nueve pasajeros. Fuimos parando en Oporto, Lisboa, Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. Lo pasamos bien. Comíamos bien, dormíamos lo que queríamos, jugábamos ... Menos una hermana, todos mis parientes estaban ya en Argentina. Había tardado en reunirme con ellos porque antes tuve que hacer el servicio en Ceuta y luego estuve trabajando tres años en Bilbao. Embarqué a los 26», recuerda. Han pasado 58 años, pero todavía tiene muy presente en su mente el pueblo en el que nació. «¿Cómo está Celanova?», pregunta a través del teléfono desde su casa de Buenos Aires. «¿Conoce Allariz?». «¿Monforte?» Y con esas preguntas repasa toda la geografía gallega.

Pero Vigo no fue el único puerto del que partían entonces los que hacían las maletas para cruzar el Atlántico.  Benito Blanco no pudo embarcar ahí porque no quedaban billetes. En 1952 tuvo que coger un tren para ir a Andalucía, a Cádiz. Cogió el Cabo de Hornos. Nunca había salido de la comarca del Deza y poco le faltó para perder el equipaje en su periplo por la Península.

Pero Julia, Rosa, Marita, Ricardo o Benito no son más que una pequeña muestra de los miles de gallegos que embarcaron un día y, aunque no se jugaron la vida en el mar, saben lo que es abandonar todo para empezar de nuevo. Como los que tratan llegar a Europa por el Mediterráneo.

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